—¡Roxana, volviste! —exclamó Darío, con una sonrisa de puro alivio.
Roxana asintió.
—¿Dulce está despierta? Quisiera volver a tomarle el pulso.
—¡Claro, Jefa! ¡Pasa! —respondió Dulce de inmediato desde adentro.
Darío la guio hasta la habitación.
—Jefa, Darío me dijo que tuviste que ir volando a Estados Unidos por mí. Estaba muy asustada, pero verte sana y salva me devuelve el alma al cuerpo.
El rostro de Dulce estaba más pálido de lo normal y sus pómulos se notaban más marcados.
Roxana se sentó junto a ella y colocó los dedos sobre su muñeca.
—¿Tuviste crisis estos últimos tres días?
—Sí, dos veces. Pero el dolor no fue tan insoportable y, lo más importante, no perdí la cabeza. Jefa, supongo que la nueva medicina de don Abelardo está funcionando, ¿verdad?
Roxana mantuvo los dedos en el pulso de Dulce durante un minuto completo antes de responder:
—Dulce, tu cuerpo es un campo de batalla de múltiples toxinas peleando entre sí. Sin un medicamento diseñado específicamente para neutralizarlas, ninguna terapia tradicional funcionará. Si te sientes mejor, es porque alguien te inyectó un antídoto muy específico que reprimió gran parte del veneno.
—¡¿Qué?! —Dulce abrió los ojos, atónita. Ella estaba segura de que había sido obra de don Abelardo.
Darío, temiendo que la esperanza de Dulce se desmoronara, intervino con urgencia.
—Roxana, ¿entonces quién le puso esa medicina? ¿Hay forma de contactar a esa persona? ¡No me importa cuánto cueste, pagaré lo que sea por más dosis!
Llevaba tres días viéndola consumirse lentamente, y la impotencia lo estaba destrozando por dentro.
—Darío, entiendo tu desesperación —dijo Roxana con calma—. Pero ese tipo de químicos no se venden en farmacias, ni siquiera en el mercado negro. Es exclusivo. Sin embargo, ya le entregué el Ginseng de las Nieves a don Abelardo; él podría lograr un avance.
Los ojos de Darío brillaron con esperanza al escuchar el nombre de la mítica planta.
—¡Perfecto! Mañana a primera hora le preguntaré a don Abelardo cómo va.
Si eso no funcionaba, tendría que mover cielo y tierra en el bajo mundo para encontrar más antídotos.
Roxana leyó sus intenciones y le lanzó una advertencia severa.
—Darío, escúchame bien. Las cosas en Veridia y en Estados Unidos están ardiendo. Te prohíbo que te acerques a personas del bajo mundo. Cuando salgas, rodéate de seguridad encubierta. No andes solo.
El tono de su hermana lo hizo ponerse tenso.
—¿Qué está pasando? ¿Alguien viene por nosotros?

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