—¿Me estás provocando? —La mirada de Agustina se volvió sombría. Deslizó su mano libre sobre la mejilla de Yara—. ¿Crees que no me atrevo a marcarla de por vida?
—¡Roxana, por favor! ¿Cómo puedes provocarla en un momento así? ¿Tanto me odias? —sollozó Yara, con la voz quebrada por el terror.
—¡Agustina! —intervino Doña Isabel, imponiendo su presencia—. Eres alguien que salió de esta casa, de la familia Montes. ¿Acaso olvidaste todo lo que hemos hecho por ti? Si te atreves a usar a Yara para amenazarnos, te aseguro que no volverás a pisar Veridia.
Aunque Doña Isabel ya estaba en la tercera edad, provenía de un linaje de alcurnia. Había estado al lado de Don Hipólito desde que él era un simple estudiante de medicina, ayudándolo a construir el imperio de los Montes. El aura de autoridad que emanaba era incluso más abrumadora que la de su esposo.
Pero a Agustina eso no le importaba en lo más mínimo. Ya no tenía razones para seguir con la farsa.
—Señora Isabel, creo que los años le están afectando la memoria. No soy esa sirvienta sumisa que conoció. Me importa muy poco lo que pase en Veridia. Y créame, aunque la mate ahora mismo, podré salir de aquí sin un rasguño.
—¡Atrévete! —La voz de Doña Isabel retumbó—. ¡Si le tocas un solo pelo a mi nieta, te aseguro que no saldrás de aquí con vida!
Roxana se sorprendió. Nunca había visto a su abuela, usualmente tan tierna y cálida, mostrar tanta ferocidad. Pero al recordar la firmeza de sus tíos y la determinación de su madre, supo que el carácter fuerte era un sello de los Montes.
—Suéltala, o te arrepentirás —advirtió Roxana.
Agustina no le temía a los Montes. Su único obstáculo real era Roxana; sabía que sin lidiar con ella, su escape sería casi imposible.
De pronto, su mirada se detuvo en el tazón de sopa que descansaba sobre la mesa. Una sonrisa retorcida asomó en sus labios.
—La soltaré con una condición: cómete la sopa que está en tu plato. Si lo haces, la libero al instante.
Yara, al escuchar que la exigencia era tan simple, intentó hablar, pero la presión en su garganta se lo impidió. Solo pudo suplicarle a Roxana con la mirada: «¡Hazlo de una vez! ¡¿Qué esperas?!».
Roxana extendió la mano y tomó el tazón.
—¿Te refieres a esto?
Creyendo que había cedido, Agustina sonrió triunfante.
—Exacto. Cómetela toda y la suelto. Te doy mi palabra.

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