Aunque Tigre y Bastián aún se sentían un poco débiles, hicieron todo lo posible por proteger a Valeriano, a Roxana y a Layna mientras avanzaban.
Sin embargo, a mitad del camino se dieron cuenta de que su jefe había desaparecido.
Ambos tragaron saliva y le preguntaron rápidamente a Roxana.
—Señorita Soler, ¿dónde está el jefe? ¿En qué momento se separó?
—Volverá pronto. ¡Sigan avanzando! ¡La gente de la Secta del Hado no tardará en acordonar la zona y, si nos atrapan, no saldremos vivos!
Roxana habló con una tranquilidad absoluta, como si supiera perfectamente a dónde había ido Valeriano.
A pesar de la preocupación, verla tan calmada les dio seguridad a Tigre y a Bastián, quienes apretaron el paso sin atreverse a perder más tiempo.
Poco después, escucharon pasos a sus espaldas.
Era Valeriano.
—¡Jefe, regresó!
—Mhm —asintió Valeriano con una frialdad contenida.
Roxana percibió un ligero olor a hierba quemada y lo miró de inmediato.
—¿Fuiste a encender fuego?
Al ver que lo había descubierto tan rápido, la profundidad en los ojos de Valeriano se tiñó con un toque de diversión.
—Así es. Me robé diez tubos de fósforo blanco de sus almacenes y ya usé cuatro.
Tigre y Bastián voltearon, incrédulos.
—¿Tienen fósforo aquí? ¿Cómo es que no lo sabíamos?
—Estuvieron encerrados todo el tiempo sin ir a ningún lado, es normal que no lo supieran —dijo Roxana, y extendió la mano hacia Valeriano—. Dame la mitad. Iré a esparcirlo en puntos estratégicos.
Valeriano le entregó tres tubos obedientemente.
—Este polvo inflamable fue alterado por ellos; arde con solo exponerse al aire. Ten cuidado, no vayas a lastimarte.
—Pierde cuidado —Roxana los tomó y luego se dirigió a Tigre y a Bastián—. Sigan avanzando. Cuando logren salir de la base, caminen por la costa; ahí habrá gente esperándolos.
Al notar que la miraba de reojo al final de la frase, Layna preguntó esperanzada:
—¿Es la gente de mi hermana?

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