—¡Jefe!
Una sombra apareció de la nada y se apresuró hacia él.
Patricio tomó una profunda bocanada de aire y habló, forzando la calma en su voz.
—¿Lograste averiguar quiénes son?
—Sí. El hombre que se infiltró para rescatar a la gente de la Alianza Ígnea es Valeriano Sandoval. Si antes no podíamos dar con su rastro, fue porque la tribu nativa los había salvado. Al parecer, la Jefa Akna se encaprichó con ellos y nos mintió para encubrirlos.
Al escuchar el nombre de Valeriano, la mirada de Patricio se tornó tan salvaje y feroz como la de un lobo hambriento.
—Jacob, te ordeno que lo mates a como dé lugar. Cueste lo que cueste, no quiero que salga vivo de esta isla.
—Entendido, jefe —Jacob asintió, pero dudó un instante—. Jefe, Valeriano viene acompañado por una mujer. ¿También la elimino a ella?
Los pálidos labios de Patricio se apretaron. Aunque aquella mujer llevaba puesto un disfraz, sabía perfectamente que se trataba de Roxana.
Le había prometido a su hermana que no la lastimaría, pero esa chica no había tenido ni una pizca de piedad con él e, incluso, se había dedicado a arruinar sus planes una y otra vez.
—Mátala también.
Había investigado, y la verdadera Doctora Serena era una anciana de unos sesenta años, no una joven como Roxana. Así que esa identidad encubierta ya no tenía ningún valor para él.
—Pero jefe, ¿no acaba de mandar a Siete y a Alonso a cazar a Valeriano y a los demás? ¿Por qué enviarme a mí también? —preguntó Jacob, confundido.
Patricio lo miró sin mostrar emoción alguna.
—Te envié a ti y a ellos por caminos separados para vigilar a Valeriano, pero al final fuiste tú quien me trajo el reporte. ¿Por qué crees que pasó eso?
Jacob se quedó callado.
—Además, ni siquiera le había revelado la ubicación de la armería a Nader, y aun así, esta noche hubo un incendio justo ahí. Siete y Alonso nunca se aparecieron por aquí en todo el caos... ¿De verdad crees que es una simple coincidencia?
Jacob no supo qué responder.
Unos segundos después, volvió a preguntar.
—¿Y qué hacemos con la gente de la tribu nativa?
Los atractivos ojos de Patricio destellaron con un brillo gélido e imponente, ocultando una sed de sangre implacable.
—Mátenlos a todos.
Jacob acató la orden y desapareció entre las sombras, silencioso como una ráfaga de viento.
Cuando la habitación volvió a quedar en absoluto silencio, Patricio caminó hacia la ventana.
La luna había quedado oculta, sumergiendo el paisaje en una oscuridad asfixiante.
—La noche oscura y el viento violento siempre traen muerte.

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