Clínica Mayo, Estados Unidos.
Bernardo y Roxana llegaron a toda prisa, y de inmediato escucharon un escándalo cerca de la sala de emergencias.
—¡No, no lo acepto! ¡A mi hermana le costó cuatro años de sacrificios lograr este embarazo! ¡Bajo ninguna circunstancia voy a permitir que le hagan daño al bebé!
—Señorita Carrillo, entiendo que este resultado sea difícil de asimilar. Pero acabamos de revisarla; el feto ya no tiene latido. Aunque intentáramos salvarlo, lo más probable es que nazca sin vida. Es por la seguridad de la paciente que sugerimos inducir el parto.
—¡No me venga con excusas! Lo único que sé es que cuando mi hermana llegó aquí, estaba estable. ¿Por qué de repente, después de que ustedes la atendieron, su estado empeoró? ¡¿Qué le hicieron?!
—Señorita Carrillo, puede rechazar nuestro procedimiento, ¡pero le pido que no insulte nuestra ética médica!
Una enfermera intentaba mediar, pero era imposible intervenir en la acalorada discusión.
Al ver que el conflicto subía de tono, comenzó a desesperarse.
En ese instante, una voz masculina, grave e imponente, resonó en el pasillo.
—¡Basta!
La enfermera volteó de inmediato.
Vio a Bernardo Montes acercarse con elegancia en su traje impecable. Cada uno de sus pasos resonaba en el suelo, emanando un aura de autoridad que nadie podía ignorar.
—¡Señor... señor Montes! —La enfermera se sintió tan intimidada como nerviosa.
El médico, que hasta ese momento discutía con Gema, palideció. —Señor Montes, ¿qué hace usted aquí?

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