Las competencias de artes marciales se llevaban a cabo en el extremo oeste del recinto, donde se encontraban las canchas de baloncesto y fútbol, adaptadas temporalmente para los combates.
Desde que, años atrás, un incidente de violencia indiscriminada sacudiera los campus, todas las instituciones comenzaron a darle extrema prioridad a la defensa personal y la aptitud física de sus alumnos.
La Universidad del Sur siempre figuraba entre las tres mejores en rendimiento físico, pero la reina indiscutible de la categoría era la Universidad de San Carlos.
Al acercarse al pabellón, Roxana sintió el rugido ensordecedor de la multitud.
Al entrar, vio en el cuadrilátero a un muchacho robusto enfrentándose a una chica ágil y delgada.
Por un segundo, pensó que se había equivocado de lugar. Las competencias masculinas y femeninas debían estar separadas, ¿por qué estaban peleando juntos?
—¡Jefa!
León Valdés, que la estaba esperando ansioso cerca de la entrada, corrió hacia ella en cuanto la vio.
—Qué bueno que llegaste, ya me estaba volviendo loco. Nos tocó el séptimo turno y ahorita va el quinto. Nos falta nada para subir. Por eso te llamé de urgencia. Mira, esa es la chica que está barriendo con todos.
Roxana siguió la dirección que le indicaba y, al notar los movimientos felinos de la muchacha, alzó una ceja.
Vio cómo la chica esquivaba un ataque brutal del chico musculoso, usando la propia inercia de su rival para deslizarse hacia su flanco, y luego conectaba un golpe seco justo debajo de las costillas.
Un ángulo tan difícil de alcanzar, y ella lo había logrado de un solo impacto.
Roxana entrecerró los ojos. Esa chica no era una estudiante normal.
—Jefa, la cosa está así —le explicó León atropelladamente—: ella ni siquiera iba a participar. Pero el que ganó el primer combate se puso súper arrogante y empezó a provocar a todo el mundo. La chica estaba de espectadora, no aguantó su soberbia y se subió. El árbitro iba a detenerla, pero en cuestión de segundos ella dejó inconsciente al campeón. Todo el mundo se quedó helado.
Caleb Valente, que estaba junto a él, asintió y añadió:
—Y no es solo eso. Cada golpe que da va directo a los puntos débiles: costillas, axilas, articulaciones. Ninguno de los chicos ha podido aguantarle el ritmo.
Roxana lo tuvo claro: esa chica había venido a humillarlos a todos.
—¿Cuántos van ya? —preguntó.
León hizo unos estiramientos rápidos con los brazos y respondió:

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