Don Hipólito también sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo rojo.
—Y este es el mío. Aquí dentro hay un par de dijes de jade; son piezas que tu suegra y yo intercambiamos como promesa de amor en nuestra juventud. A tu cuñado y cuñada les regalamos unos amuletos de la suerte en su momento, y ahora queremos entregarles esto a ustedes. Por favor, no lo rechaces, es un símbolo de nuestro cariño.
Gema estaba profundamente conmovida. Jamás imaginó que en su primera visita recibiría la aceptación tan cálida de los abuelos, y mucho menos regalos con tanto valor sentimental.
—Muchísimas gracias, lo acepto con todo mi corazón. Pero yo también les traje obsequios a todos.
Al escuchar eso, Don Hipólito fulminó con la mirada a su hijo.
—¡Bernardo! ¿Qué te pasa? ¿No te dijimos que no dejaras que Gema gastara dinero? ¡Cómo es posible que le hayas permitido comprar regalos para todos!
Doña Isabel también se sumó al regaño.
—Qué falta de tacto, hijo. Es su primera visita a la casa; nosotros somos los que debíamos agasajarla. ¿Cómo es que te falta tanto sentido común?
Gema no quería que Bernardo fuera reprendido por su culpa y se apresuró a aclarar la situación.
—Por favor, no lo regañen. Bernardo no me avisó que ustedes venían. Yo ya había comprado estos regalos desde hace tiempo y los tenía guardados en el auto para la ocasión.
El rostro de los abuelos se relajó al instante, y Bernardo le pidió a uno de los empleados que trajera los paquetes.
Los regalos que Gema había preparado demostraban una consideración exquisita. Había pensado en cada miembro de la familia, e incluso incluyó detalles para el personal de servicio de la casa de los Montes.
Para Yara, Gema consiguió cuerdas para su instrumento. Pero no cualquier tipo de cuerdas; eran de seda de hielo, un material antiquísimo que Yara llevaba buscando sin éxito durante meses.
Se decía que para fabricar un solo hilo de esa cuerda se necesitaban entrelazar trescientas hebras mediante una técnica casi extinta. ¡Y Gema las había conseguido!
—Gracias, tía... —Yara se detuvo a tiempo, recordando que estaba frente a los mayores. Llamarla «tía» ahora que estaban en familia la haría ver demasiado complaciente o desesperada—. Gracias, Gema.
En la tienda, había usado el término «tía» o «Gema» para halagarla y asegurar que le pagara las compras. Pero allí, frente a los abuelos, usar un tono servil reduciría su propio estatus. ¡No iba a cometer ese error!
Gema no le dio importancia al cambio y respondió con una sonrisa amable.

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