—¡Alto! ¡Dé un paso más y disparo!
El grito imperioso del policía logró perforar la neblina de pánico en la mente de Yara.
Al levantar la vista y toparse con el frío y amenazante cañón de un arma, se quedó petrificada, como si le hubieran echado cemento encima.
Estaba hecha un desastre. Su cabello era un nido de pájaros, la ropa estaba llena de tierra y, como iba descalza, su piel clara y sus tobillos estaban cubiertos de suciedad y pequeños rasguños.
Estaba tan demacrada que era difícil reconocerla.
La empleada tardó unos buenos segundos en asimilar la imagen antes de preguntar vacilante:
—¿Señorita Yara? ¿Es usted?
Aterrorizada hasta la médula, Yara escuchó que alguien la reconocía y, como una persona a punto de ahogarse que ve un salvavidas, gritó desesperada:
—¡Soy yo! ¡Sálvame rápido!
La empleada dio un paso al frente con la intención de hablar con la policía, pero al ver el arma, retrocedió asustada.
—¿Qué te pasa, inútil? ¡Si no me ayudas, en cuanto vuelva le diré a mi tío Bernardo que te castigue! —gritó Yara, siendo arrogante a pesar de estar muerta de miedo.
La empleada la miró fijamente. Parecía la primera vez que realmente la veía; había asombro y mucho resentimiento en sus ojos.
Aun así, se acercó al oficial para explicarle la situación.
El policía por fin entendió que la chica andrajosa frente a ellos era la persona que estaban buscando.
Yara sabía hablar inglés perfectamente, pero el terror se lo había borrado de la cabeza.
Al escuchar la conversación y notar que el policía bajaba el arma tras confirmar su identidad, corrió ansiosa hacia ellos.
Pero apenas dio dos pasos, sintió un roce helado en el pie.
Un escalofrío inenarrable le subió desde el tobillo.
¡La serpiente!
¡La serpiente se le había subido al empeine!
Ese simple pensamiento hizo que toda la sangre le subiera a la cabeza en un instante.
Sin pensarlo, levantó la pierna con furia para sacudirse a esa criatura repugnante.
—¡No te muevas!

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