—¡Detente!
Al ver la brutalidad del ataque, el árbitro agarró su vaso de agua y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia el escenario.
Pero la chica ni se inmutó. Sus ojos brillaron con crueldad mientras aceleraba su movimiento.
El árbitro corrió hacia ellos, pero ya era demasiado tarde.
León se dio cuenta de que estaba perdido. Intentó soltarse del agarre, pero era como si lo tuvieran prensado en acero; no podía moverse un milímetro. Al ver cómo la rodilla de la chica iba directo a quebrar su articulación, un sudor frío le empapó la espalda.
«¡Se acabó!»
Pero en ese microsegundo, una mano pálida y delicada se interpuso entre la rodilla de la chica y el codo de León.
Parecía un gesto suave, sin fuerza aparente, pero el impacto letal de la chica se frenó en seco, como si hubiera chocado contra un muro de concreto.
La chica perdió el equilibrio y tuvo que retroceder a trompicones para no caer al suelo.
¡Crash!
El vaso de agua que había lanzado el árbitro se estrelló justo donde la chica había estado parada segundos antes, esparciendo vidrios y agua por todas partes.
Gracias a los rápidos reflejos de Roxana, quien ya había jalado a León hacia atrás, ninguno de los dos resultó herido por los cristales.
León seguía en shock, temblando por la adrenalina.
Pero el miedo rápidamente se convirtió en furia.
—¡¿De qué maldita universidad eres?! —le gritó—. ¡Esta es una liga amistosa! ¡Se supone que nos detengamos antes de lastimar al otro! ¡Casi me rompes el brazo, psicópata!
La chica, ya recuperada, ignoró a León y clavó su mirada venenosa en Roxana.
—El que es débil es débil —dijo con una sonrisa gélida—. Si fueras tan bueno, podrías haberme roto el brazo a mí.
—¡Tú...! —León nunca se había topado con alguien tan desquiciada—. ¡Estás loca!
El público, aún procesando lo que acababa de ocurrir, miraba fijamente a Roxana. ¿Alguien había sido capaz de salvar a León?
Sabían que la capitana del equipo de la Universidad del Sur era una estudiante de primer año que tenía contactos importantes con Don Abelardo. Su información decía que era una genio de la música, al nivel de que los más grandes la adoraban.
Pero, ¿desde cuándo los músicos se movían a esa velocidad?
¡Ni siquiera el árbitro había sido lo bastante rápido para detener el ataque, pero ella sí!
Nadie podía creerlo.
El árbitro menos.
¡Una intrusa había interrumpido la liga, humillado a los competidores y casi dejado lisiado a León!
¡Era el colmo de la insolencia!
Sintió que la cabeza le iba a estallar de tanta ira.
—¡Si no estás inscrita, a qué vienes a causar problemas! ¡Pídele perdón a todos los que lastimaste ahora mismo! Por violar las reglas y agredir intencionalmente a los estudiantes, serás llevada al comité disciplinario. ¡Esperaremos a que la policía investigue antes de decidir qué hacer contigo!
¡Qué desastre!
Las lesiones ocurrían en las competencias, sí, pero alguien que buscaba herir de gravedad por pura maldad era inaceptable. El árbitro sabía que si no tomaba medidas drásticas, el escándalo llegaría a los altos mandos.
La chica de pelo corto mantuvo su actitud desafiante, como si las amenazas no le importaran en lo absoluto.
Cuando los guardias de seguridad se acercaron para llevársela, no opuso resistencia.
Pero al pasar junto a Roxana, se detuvo un instante.

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