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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 103

~MAKSIM~

El mundo pareció partirse en un estruendo de vidrios estallando, madera reventando, hombres cayendo de sus sillas y cuerpos arrojándose al suelo para buscar cobertura antes de que las balas los abrieran en dos.

Me lancé hacia un lado, agarrando a Artem por el hombro para tirarlo conmigo detrás de una columna gruesa mientras los hombres de Petrov respondían como perros rabiosos al ver el cadáver de Yegor Baranov desangrándose sobre la mesa.

Los disparos golpearon la barra, las botellas explotaron en lluvia de cristal y alcohol, y el olor a pólvora se mezcló de inmediato con vodka, humo y sangre caliente.

—¡Abran fuego y maten a todos los de Petrov! —rugí por el comunicador, apretando la pistola entre los dedos—. ¡Ahora!

Mis hombres respondieron desde los balcones internos y desde los accesos laterales del club. No habíamos venido a ciegas. Ese era mi territorio. Mi maldito terreno.

Cada pasillo, cada salida, cada punto alto y cada puerta habían sido revisados antes de que esos hijos de puta pusieran un pie dentro. Por eso, cuando los Petrov intentaron abrirse hacia las salidas traseras, los nuestros ya los estaban esperando.

Artem se asomó apenas por el borde de la columna y disparó dos veces. Uno de los hombres de Petrov cayó hacia atrás, derribando una silla, pero antes de que Artem pudiera cubrirse de nuevo, una bala le rozó el costado y lo obligó a retroceder con un gruñido ahogado.

—¿Te dieron? —pregunté, sin dejar de disparar hacia un cabrón que intentaba rodearnos por la izquierda.

—No lo suficiente para matarme —escupió, apretándose las costillas con una mano mientras con la otra cambiaba el cargador.

—Entonces sigue moviéndote.

Una ráfaga destrozó parte de la columna sobre nuestras cabezas, haciendo llover yeso y astillas. Me agaché instintivamente, sentí el ardor de una línea caliente cruzándome el hombro y apreté los dientes cuando la sangre empezó a empaparme la camisa bajo el saco.

No miré la herida. No tenía tiempo para eso. Alcé el arma y disparé contra la sombra que se movía cerca de la barra hasta verlo caer de bruces sobre el suelo cubierto de cristales.

El club se había convertido en un infierno cerrado. Las luces parpadeaban por los disparos que habían destrozado parte del sistema eléctrico, la música apagada había sido reemplazada por gritos, órdenes en ruso, maldiciones y el tableteo ensordecedor de las armas.

Los hombres de Petrov estaban atrapados, pero no eran estúpidos ni débiles. Sabían moverse, sabían cubrirse, sabían morir llevándose a otros por delante.

Vi a uno de mis hombres caer desde el balcón superior después de recibir un disparo en el pecho, y la furia me tensó la garganta como una cuerda a punto de romperse.

—¡Cierren la entrada principal! —ordené—. ¡Que ninguno salga vivo!

Artem me miró de reojo, con el rostro endurecido por el dolor y la rabia.

—Si cerramos la entrada, también nos encerramos con ellos.

—Ese es el punto.

No había tregua después de eso. No después de Yegor. No después de Mila. No después de Alessia.

Nos movimos hacia la barra usando las mesas volcadas como cobertura. Cada metro costaba sangre.

Uno de los Petrov se abalanzó contra mí desde un lateral cuando se me trabó el cargador. Me golpeó contra una mesa, el impacto me sacó el aire de los pulmones y por un segundo vi puntos negros bailar frente a mis ojos. Le estrellé la frente contra la mía, sentí el crujido de su nariz rompiéndose y, antes de que pudiera recuperarse, le clavé el cuchillo que llevaba oculto en el cinturón bajo las costillas. Lo empujé lejos de mí y agarré su arma antes de que terminara de caer.

Artem estaba unos pasos más adelante, forcejeando con otro hombre. El Petrov le había agarrado la muñeca armada y trataba de torcerle el brazo, pero Artem le metió un rodillazo en el estómago y le disparó a quemarropa. La sangre le salpicó la cara. No pestañeó. Solo se limpió con el dorso de la mano y siguió avanzando.

Una explosión menor reventó cerca de la cocina, lanzando humo negro al salón principal. Alguien había disparado contra una línea de gas o contra alguna de las botellas acumuladas detrás del bar.

Las llamas treparon rápido por las cortinas laterales y lamieron las paredes de madera oscura con una voracidad que me heló el estómago, porque el fuego cambiaba las reglas. Las balas podían esquivarse; el humo, no. El humo entraba en los pulmones, cegaba, confundía, convertía cada salida en una trampa.

—¡Maksim! —gritó Artem, señalando hacia el ventanal lateral.

A través del humo vi movimiento afuera. Una camioneta que no pertenecía a los nuestros avanzó demasiado rápido hacia la fachada del club, sin luces, sin frenar, como un animal negro lanzado contra el edificio. Por un instante entendí exactamente lo que iba a pasar.

Uno de mis hombres apareció desde el pasillo, cubriéndonos con una ráfaga, y cayó casi de inmediato cuando una bala le abrió el cuello. Pasé por encima de él sin permitirme mirar atrás, porque si me detenía por cada muerto de aquella noche, terminaría siendo uno de ellos.

Llegamos al pasillo lateral entre humo, calor y madera crujiendo sobre nuestras cabezas. Artem caminaba torcido, apoyándose más de lo que quería demostrar, y yo sentía la sangre bajándome por el brazo hasta la mano. Apreté los dientes y seguí avanzando. Alessia apareció en mi cabeza con tanta fuerza que casi me dobló el pecho. Su rostro. Su boca. Su vientre bajo mi mano antes de marcharme. La promesa estúpida y desesperada de volver.

No iba a morir allí.

No antes de verla otra vez.

Y esperaba que la casa no estuviera siendo atacada también.

Empujé la puerta lateral con el hombro y salimos al callejón, donde el aire frío nos golpeó como una bofetada. Detrás de nosotros, el club ardía, iluminando la noche con llamas furiosas que se reflejaban sobre los coches negros, los cristales rotos y los cuerpos tendidos en la calle.

Mis hombres seguían peleando afuera, pero los Petrov estaban retrocediendo. Los estábamos quebrando. Aun heridos, aun sangrando, seguíamos en pie.

Artem respiró con dificultad a mi lado.

—Tenemos que movernos.

Asentí, sujetándolo mejor para llevarlo hacia uno de nuestros vehículos blindados que acababa de frenar al final del callejón. Parecía que habíamos logrado salir. Parecía que, pese al fuego, la emboscada y la sangre, habíamos sobrevivido.

Entonces escuché un disparo.

No vi de dónde vino.

Solo sentí el golpe brutal atravesarme el cuerpo y arrancarme el equilibrio.

El nombre de Alessia se me quedó atrapado en la garganta mientras caía.

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