~MAKSIM~
Jamás me había sentido tan inútil.
Había enfrentado guerras, negociado con hombres capaces de vender a su propia sangre por poder y dinero, tomado decisiones de las que dependían decenas de vidas y salido ileso de situaciones que cualquiera habría considerado imposibles. Siempre encontraba algo que hacer, una orden que dar o una solución que imponer, pero aquella sala de partos me arrebataba todas esas certezas.
La doctora Amato y su equipo trabajaban con una tranquilidad admirable mientras yo permanecía al lado de Alessia, sosteniéndole la mano con la única convicción de que no iba a soltarla hasta que todo terminara.
No pregunté cuánto faltaba. Había aprendido que, en cuestiones relacionadas con el nacimiento de un hijo, los cálculos servían de muy poco.
Ya había intentado convencer a Alessia de que todavía quedaban dos semanas y la realidad se había encargado de demostrarme, con una fuente rota y una mirada cargada de ironía, que ella sabía bastante más que mis libros y mis artículos médicos.
Aun así, no podía evitar observar cada gesto de la doctora Amato, buscando en su expresión alguna señal que me permitiera anticipar lo que ocurriría después.
—Lo estás haciendo muy bien, Alessia —dijo la doctora con la misma serenidad que había mantenido desde que llegamos al hospital—. Una vez más.
Apreté un poco más la mano de mi esposa. Ella respiró profundamente, reunió todas sus fuerzas y volvió a empujar.
No necesitaba decirme que le dolía. Bastaba con verla para entender el enorme esfuerzo que estaba haciendo.
Sentí el impulso absurdo de ofrecerme a cargar con una parte de ese dolor, como si existiera alguna manera de arrebatárselo y soportarlo yo mismo.
Yo sabía perfectamente que ella era una mujer fuerte y capaz de todo. No la había visto rendirse una sola vez desde que la conocía, pero descubrir su fortaleza en un momento como aquel despertó en mí una admiración que difícilmente podría describir con palabras.
—Eso es, Alessia... otra vez.
Volvió a hacerlo. Su mano se aferró con más fuerza a la mía y yo respondí del mismo modo, procurando transmitirle una seguridad que, en realidad, necesitaba tanto como ella.
La doctora Amato intercambió una breve mirada con una de las enfermeras y, apenas unos segundos después, el sonido de un llanto agudo llenó la sala.
Todo lo demás dejó de importar.
Mis ojos buscaron instintivamente a Alessia. La encontré agotada, respirando con dificultad, pero sonriendo. Aquella sonrisa bastó para que el peso que llevaba sobre el pecho desde que comenzó el trabajo de parto desapareciera de golpe.
Joder... estaba tan orgullosa de ella. Tan agradecido por lo que me estaba dando. Un regalo que no tenía precio
Entonces recordé al bebé.
Giré la cabeza hacia la doctora Amato. Apenas podía distinguir algo pequeño entre las manos de las enfermeras mientras lo envolvían con una manta.
—¿Q-Qué es...?
Ni siquiera terminé la pregunta. Ni siquiera podía hablar por culpa de todas las emociones y la incertidumbre que se arremolinaba en mi pecho.
La doctora levantó la vista hacia mí y sonrió.
—Felicidades, señor Volkov... —dijo.
Yo sentí que el tiempo se detenía y se estiraba. Cerré los ojos un segundo, solo para recordar la promesa que me había hecho.
«No importa si es niño o niña. Voy a amarlo de la misma manera.»
—Es una niña.
«Una niña.»
Sentí que aquellas dos palabras necesitaban unos segundos para encontrar su lugar dentro de mi cabeza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...