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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 188

~ALESSIA~

Durante unos segundos me quedé mirando a la doctora Amato sin entender absolutamente nada de lo que acababa de decir.

Tuve que parpadear para poder reaccionar.

—¿Qué?

La doctora sonrió.

—Dije que creo que estás embarazada.

Sentí como si algo me hubiera golpeado directamente en el pecho y me hubiese robado todo el aire de los pulmones. Abrí la boca, pero ninguna palabra salió de ella mientras mi cerebro intentaba procesar aquella posibilidad que ni siquiera había cruzado por mi cabeza durante las últimas semanas.

¿Embarazada?

¿Yo?

Llevé una mano hasta mi vientre de manera automática y bajé la mirada. Evidentemente no había ningún cambio visible en mi cuerpo y, aun así, de repente fui demasiado consciente de la palma de mi mano apoyada sobre mi abdomen.

—Pero... —murmuré—. Yo no tengo ningún síntoma.

—No todas las mujeres presentan los mismos síntomas durante el embarazo —explicó la doctora Amato—. Algunas tienen náuseas, vómitos y fatiga desde las primeras semanas. Otras pueden pasar una buena parte del primer trimestre sin sentir prácticamente nada fuera de lo normal.

—Pero él sí tiene síntomas.

Señalé a Maksim.

—Así parece.

Volteé a verlo.

Maksim seguía sentado sobre la camilla. Inmóvil.

Tenía los ojos clavados en mí y una expresión tan indescifrable en el rostro que, por un instante, sentí que el corazón se me apretaba.

No sabía qué estaba pasando por su cabeza.

—¿Estoy embarazada? —volví a preguntar, necesitando escuchar la respuesta una vez más.

—Es una posibilidad bastante alta —respondió la doctora—. Por supuesto, debemos realizar una prueba para confirmarlo y después una ecografía en el momento adecuado, pero teniendo en cuenta el retraso que mencionas y los síntomas del señor Volkov...

—Voy a ser padre.

La voz de Maksim me hizo girar la cabeza.

Seguía mirándome.

—Maksim...

—Voy a ser padre —repitió.

La sonrisa apareció lentamente en su rostro.

No era una de sus sonrisas arrogantes. Tampoco aquella sonrisa maliciosa que utilizaba antes de hacer alguna barbaridad. Era tan amplia y genuina que durante unos segundos apenas reconocí al hombre que tenía frente a mí.

Entonces se puso en pie.

—¡Voy a ser padre, carajo!

—Todavía tenemos que confirmar...

No pude terminar.

Maksim cruzó la distancia entre nosotros, me agarró por la cintura y me levantó del suelo con tanta facilidad que un chillido salió de mi boca.

—¡Maksim!

Me hizo girar.

—¡Vamos a tener un hijo!

—¡Bájame!

—¡Al fin te embaracé, maldita sea!

—¡Maksim!

Volvió a hacerme girar y una carcajada escapó de mis labios. Me agarré de sus hombros mientras él reía y, Dios mío, no recordaba haberlo visto nunca tan feliz. Ni siquiera parecía el mismo hombre que hacía unos minutos estaba tirado en el suelo abrazado a un retrete y convencido de que el espagueti de Luigi olía a cadáver podrido.

—¡Maksim, bájame! —repetí entre risas.

—¡Mi mujer está embarazada!

—¡Todavía no lo sabemos con seguridad!

—La doctora lo dijo.

—Dijo que es una posibilidad.

—Es suficiente para mí.

Me hizo girar una vez más.

—Señor Volkov —intervino la doctora Amato—, quizá debería bajar a su esposa.

Maksim se detuvo en seco y su sonrisa desapareció.

Me bajó tan rápidamente que mis pies apenas tocaron el suelo antes de que sus manos se posaran sobre mis hombros.

—¿Te hice daño?

Parpadeé.

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Te duele algo?

—Maksim...

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