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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 212

Semanas después...

~MAKSIM~

Antes de que pudiera terminar de sentarme, Paolo volvió a señalar al bebé que sostenía en brazos.

—Te digo que este se parece a mí.

—¿En qué? —preguntó Nicolo sin molestarse siquiera en ocultar la burla.

—En la mirada.

—Paolo, no tiene ni dos meses. Apenas enfoca.

—Eso no cambia nada.

—Lo cambia todo.

—Mira cómo me está viendo.

Nicolo se inclinó apenas hacia delante para observar al pequeño y terminó soltando una carcajada.

—No te está viendo a ti. Está viendo el mantel.

Artem resopló por lo bajo mientras seguía bebiendo café.

—Empiezo a creer que ustedes dos necesitan volver a trabajar. Tanto tiempo libre les está afectando el cerebro.

—Tú no opines —replicó Paolo—. Ni siquiera tienes hijos.

—Y aun así sé que un bebé no hereda una expresión de superioridad a los tres meses de nacido.

Mila terminó riéndose y negó con la cabeza.

—Los dos son iguales. Llevan media hora discutiendo por algo que ni ellos mismos podrán distinguir dentro de cinco minutos.

—Tú porque eres la madre y los ves iguales —replicó Paolo.

—Habló lo que es —rebatió mi hermana.

Paolo estaba a punto de responder cuando el bebé comenzó a removerse incómodo. Lo sostuvo con más firmeza, intentó mecerlo un poco y consiguió exactamente el efecto contrario.

El niño arrugó el rostro.

—Lo estás haciendo mal —comentó Nicolo.

—No lo estoy haciendo mal.

—Va a llorar.

—No va a...

El llanto lo interrumpió y no pude evitar sonreír.

—Dámelo.

Paolo levantó la cabeza.

—¿Estás seguro?

Lo miré unos segundos hasta que comprendió que mi paciencia tenía un límite. Caminó hasta donde estaba y me entregó al pequeño con un cuidado exagerado.

Lo acomodé contra mi pecho sin pensarlo demasiado. Apenas sentí su peso, el niño dejó de llorar. Sujetó uno de mis dedos con sorprendente fuerza y, después de unos segundos, volvió a quedarse tranquilo.

Paolo abrió mucho los ojos.

—¿Cómo hiciste eso?

—Lo cargó bien —respondió Mila antes que yo.

—Yo también lo estaba cargando bien.

—No.

—Sí.

—No.

Negué con la cabeza mientras observaba al pequeño dormir otra vez. Era increíble que algo tan diminuto pudiera despertar semejante instinto de protección.

Durante meses me había preparado para convertirme en padre con la misma disciplina con la que preparaba cualquier operación importante. Había leído cuanto cayó en mis manos, interrogado a la doctora Amato hasta agotar su paciencia y organizado cada detalle del nacimiento porque no pensaba dejar nada al azar.

Dentro de muy poco sostendría a mi propio bebé.

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