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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 32

~MAKSIM~

No pensé. No medí. No dudé.

En ese maldito momento el mundo se redujo a una sola cosa: ella.

Alessia sobre esa barra, moviéndose como si el lugar le perteneciera, como si cada maldito hombre que la miraba tuviera derecho a hacerlo, como si yo no existiera.

Esas jodidas enormes caderas giraban y se balanceaban con una gracia ágil, y su nube de sedoso cabello rubio caía en cascada por su espalda mientras inclinaba la cabeza, levantaba los brazos por encima de la cabeza y enloquecía a los hombres que la rodeaban con un movimiento que... Maldita sea la m****a, hizo que la sangre brotara como lava fundida en mis venas, derramándose a través de mí en una ráfaga de hambre carnal.

Pero entonces, la sangre me rugió en los oídos, espesa, caliente, violenta, y todo lo que había intentado contener durante días terminó de romperse en ese instante.

Vi a uno de esos imbéciles acercarse a ella.

Demasiado.

Mis manos se agarraron a la barandilla mientras el hijo de mil putas se le pegaba por detrás. Sus caderas giratorias casi rozaron el trasero de ella y ella, estoy completamente seguro de que en ese instante, la muy provocadora giró la cabeza en mi dirección. Sus ojos mirándome directamente, mientras sus labios se separaban, con una pizca de sonrisa burlona, para luego girarse hacia ese maldito bastardo y llevar sus manos a la cabeza de él, mientras permitía que él le besara el cuello.

Y ahí se acabó todo.

Salí del reservado como un disparo, ignorando las voces detrás de mí, ignorando a las tres mujeres que se quedaron esperando, ignorando absolutamente todo lo que no fuera ese punto fijo al que me dirigía.

Bajé las escaleras sin sentir los escalones, atravesé la pista de baile empujando cuerpos sin siquiera verlos, como un depredador abriéndose paso entre una manada, y cuando llegué a la barra, ya estaba sacando la pistola.

No iba a pensar. No iba a negociar. Iba a eliminar el problema o los malditos problemas.

Aquí íbamos a morir todos.

Pero antes de que pudiera apuntar, una mano se cerró sobre mi brazo.

Se trataba de la voz de mi conciencia: Artem.

—No lo hagas —gruñó cerca de mi oído—. No cometas una locura.

—Cierra la puta boca —le escupí, soltándome con violencia.

No me importó. Nada me importaba.

Alcé el arma y, en el último momento, aferrándome a la poca cordura que me quedaba, en lugar de disparar a alguien en concreto, apreté el gatillo hacia el techo.

Una vez.

Dos.

Tres.

Y una ráfaga completa.

El estruendo cortó la música, la risa, el aire mismo. El caos fue inmediato. Gritos, carreras, cuerpos apartándose, la multitud deshaciéndose como si alguien hubiera lanzado una bomba en medio del lugar.

Perfecto.

Silencio.

Espacio.

Control.

Bajé el arma despacio, la respiración pesada, y alcé la mirada.

Ella seguía allí arriba, pero ahora mirándome. No asustada. Por supuesto que no. Tampoco alterada. No.

Desafiante.

La rabia que me devolvía en esa mirada me golpeó con más fuerza que cualquier disparo.

—¿Qué carajos te pasa, maldita bestia? —me lanzó.

—Bájate —rugí, sin apartar los ojos de los suyos—. Bájate ahora mismo.

—No —respondió, sin titubear—. No tienes ningún derecho a exigirme nada.

Eso fue suficiente.

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