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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 54

~MAKSIM~

Levanté una ceja intrigado y en mi garganta retumbó un gruñido animal, hambriento.

—¿Y por qué no me das mi premio entonces? —ronroneé, impaciente, sí. Muy impaciente por obtenerlo.

—Vamos adentro —respondió y dio una mirada rápida alrededor—. Dentro de este automóvil será muy incómodo dártelo.

Mis expectativas se elevaron hasta la mismísima estratósfera y me sentí más impaciente aún. Mi polla ya estaba dura y palpitante. No sabía qué me esperaba exactamente y, viniendo de Alessia Cardinale, podía ser cualquier cosa, incluso la más cruel del mundo para humillarme y burlarse de mí, pero yo seguí pensando que no sería así. Que lo que había hecho, aunque no fuera la cosa más romántica del mundo, sirviera para algo; para ganarme un besito aunque fuera.

Sin esperar respuesta de mi parte, Alessia abrió la puerta de su lado y salió.

No dudé. No lo pensé. Hice lo mismo y la seguí hasta la puerta de la casa, perdiéndome en el jodido contoneo de sus grandes caderas.

Giró apenas para mirarme por encima del hombro y sonrió.

M****a. ¿Me estaba coqueteando descaradamente? Porque me fascinaba y a mi polla mucho más.

Abrí la puerta y la dejé pasar. Luego avancé detrás de ella y la tomé de la mano para llevarla escaleras arriba, pero ella levantó el índice y negó.

—No, no, no. Arriba todavía no.

—¿Adónde vamos entonces?

—Sígueme y lo sabrás —dijo, tirando de mi mano.

Fue una verdadera suerte que Mila no estuviera en los alrededores. Supongo que decidió encerrarse para no estorbarnos.

Alessia me llevó hasta la sala. Nos detuvimos frente a uno de los sillones; yo estaba de espaldas y ella frente a mí. Entonces, me quitó el abrigo y lo tiró en el sofá, luego colocó sus manos en mi pecho y me empujó hacia atrás, provocando que cayera sentado en el sillón.

Enarqué una ceja y ella sonrió con malicia, quitándose de encima su abrigo.

—No necesito esto —dijo y lo tiró junto al mío.

Apoyé los brazos en los reposabrazos y abrí las piernas, en una postura relajada para poder contemplarla de pies a cabeza, absorbiendo cada gramo de esa carne magra que en un principio había rechazado y ahora estaba desesperado por probar, centímetro a centímetro.

Dio un paso al frente, luego otro y otro, con movimientos casi felinos, jodidamente sensuales. Apoyó sus manos en los reposabrazos y se inclinó sobre mí, acercando su rostro al mío.

—Me pidió un besito, señor Pakhan. —Asentí—. Pero yo creo que se merece mucho más que un besito.

—Entonces súbete en mi regazo y muéstrame exactamente qué es lo que merezco.

No dudó.

Se subió el vestido hasta los muslos y se deslizó encima de mí, sentándose en mi regazo a horcajadas.

Le rodeé la cintura con un brazo y sin descaro alguno posé mi mirada en su maldito escote. Ahora sí, era solo para mi deleite. Tal vez como debía ser siempre.

—¿Me vas a dejar probar tus sandías? —le pregunté, obligándome a levantar mis ojos hacia los suyos.

Frunció el ceño, confundida.

—¿Llamas sandías a mis pechos?

—Tú me llamas bestia bruta. Creo que es justo.

Soltó una carcajada y negó, meneando la cabeza.

—No puedo creer que las llames así.

—Es que son grandes... y dulces. Unas buenas sandías italianas.

Volvió a reír y sus pechos llenos rebotaron. Se inclinó hacia el frente, hundiendo la cabeza en el hueco de mi cuello.

La punta de su lengua se arrastró por mi manzana de Adán, saboreándola. Gruñí como un león hambriento.

—Puedes probarlas —susurró, volviendo a alejarse.

Dios. Podía morir en la boca de esa mujer.

Lamió y chupó más sobre la cresta de mi polla, ahora dura como una piedra. Bajó de nuevo, golpeando la parte posterior de su garganta con mi dureza.

Otro profundo y animal gemido salió de mi pecho mientras le agarraba el cabello. Mis dedos se enroscaron apretados contra su cráneo y ella deslizó su boca hacia abajo por mi erección palpitante, mientras sus uñas se clavaban en mis caderas.

Podía sentir la tensión en mis músculos. Sentí que mi cuerpo se tensaba y se ponía rígido, y me encantó cada segundo de eso.

Oh, sí, ella me tenía, joder.

Me empujé más profundo a través de sus labios; mis dedos apretaron su cabello con más fuerza mientras la guiaba hacia arriba y abajo, arriba y abajo, permitiéndole tomarme hasta la empuñadura.

Todos y cada uno de mis sentidos fueron devorados por su boca golosa.

—Mierda —gruñí—. Te encanta mi sabor, ¿no?

Alessia gimió; su lengua se deslizó sobre una gruesa gota de semen. Deslizó una mano dentro de mi camisa y por mi vientre; sus uñas dejaron marcas de un rojo profundo mientras continuaba rodeando mi polla con su lengua.

Un gemido embriagador trepó por su garganta cuando le pellizqué uno de los pezones endurecidos, rodándolo lentamente entre mi pulgar y mi dedo índice mientras empujaba mi polla en su boca de nuevo.

Con una mano todavía enterrada en su cabello, comencé a bombear más rápido. Infierno, estaba a punto de explotar.

Un trago duro onduló mi nuez de Adán mientras Alessia me succionaba con más fuerza, provocando que chorros de semen llenaran su boca.

Gruñí y proferí mil maldiciones que retumbaron en las paredes de la sala mientras sentía que me succionaba hasta el alma con su monumental mamada.

Solamente hasta que se hubo tragado hasta la última gota, me soltó y se relamió los labios, sonriendo descaradamente, pues sabía lo que había hecho conmigo y a dónde me había llevado exactamente.

Entonces, se apoyó en mis muslos, se levantó y se inclinó, acercando su lasciva boca a mi oreja, la cual lamió antes de susurrarme:

—Ahora ya sabes lo que puedes conseguir cuando me tratas como es debido. Espero que te haya gustado el premio. Buenas noches, Pakhan.

Y sin más, se dio la vuelta y se fue, dejándome acabado y más adicto a ella de lo que alguna vez pensé.

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