~ALESSIA~
El caos no terminó con los disparos, ni con el momento en el que el oficiante nos declaró marido y mujer a Maksim y a mí.
No.
Solo cambió de forma.
Los hombres seguían moviéndose por el salón, algunos recogiendo cuerpos, otros hablando en voz baja, intercambiando información, reconstruyendo lo que había pasado como si se tratara de una operación más. La sangre aún marcaba el suelo, el olor seguía allí, y, sin embargo, para ellos aquello ya no era una tragedia, sino un asunto que debía resolverse.
Para mí tampoco era una tragedia.
Era una oportunidad.
Me mantuve cerca, lo suficiente para no llamar la atención, pero también lo bastante próxima para escuchar. Las voces de la Bratva y de los hombres de mi padre se mezclaban, algunas en ruso, otras en italiano, otras en inglés, creando un murmullo constante del que solo se podían captar fragmentos. No me interesaba todo. Solo lo importante.
Y lo importante estaba un poco más allá, entre Maksim y mi padre.
Me acerqué con cuidado, sin parecer obvia, manteniendo la postura relajada, como si simplemente estuviera esperando instrucciones, pero afinando cada uno de mis sentidos.
—Tengo una idea de quién está detrás —escuché decir a Maksim.
Su voz era baja, controlada, pero había algo en ella que no estaba antes. No era rabia abierta. Era algo más frío. Más peligroso.
—¿Quién? —preguntó mi padre.
Hubo una pausa.
—Sé que tú también quieres respuestas, Bruno, pero hasta que no esté cien por ciento seguro, prefiero no decirlo —respondió Maksim—. Además, esto ocurrió en mi territorio. Yo me encargo. Especialmente de ajustar cuentas.
Mi padre asintió, aceptando la respuesta sin presionar más. Eso ya me decía suficiente. Si Maksim no hablaba, era porque el nombre que tenía en mente no era cualquiera.
Y entonces mi padre me vio.
Su mirada cambió apenas, lo suficiente para que yo supiera que había notado mi presencia. Maksim siguió la dirección de sus ojos y, cuando me encontró, su expresión se endureció al instante.
Fría.
Cerrada.
Como si mi simple presencia fuera una molestia.
—Hemos terminado —le dijo a mi padre—. Puedes regresar a Italia con tranquilidad. A partir de ahora, esto queda en mis manos.
Mi padre asintió con calma, sin discutir, pero diciéndole una sola cosa a mi esposo.
—Volkov, sé que no estás conforme con este matrimonio, pero recuerda que a partir de ahora mi hija es tu esposa y está bajo tu protección.
Maksim volvió a mirarme con rabia, pero asintió, regresando la vista a mi padre.
—No te preocupes, Cardinale. Lo haré. Protegeré a tu hija.
—Gracias, Maksim.
Maksim hizo una leve reverencia, formal, distante, y luego se giró hacia mí.
No me dio opción.
Su mano se cerró alrededor de mi brazo y tiró de mí con brusquedad, arrastrándome hacia la salida como si fuera un objeto más que debía mover de lugar.
El error fue suyo, obviamente, porque yo no era un objeto ni iba a permitir que me tratara como tal.
Me solté de un tirón, clavando los pies en el suelo y apartando su mano con una manotada.
—A mí no me tratas como a un perro —le dije, mirándolo directamente—. Me despido de mi padre y luego me voy contigo.
Gruñó, claramente molesto, pero no me contradijo. Eso me bastó.
Me giré hacia mi padre y caminé hasta él, ignorando la tensión que podía sentirse detrás de mí.
—Buen viaje, papino —le dije con suavidad.
Su mirada se detuvo en mí más tiempo de lo habitual. No era duda. Era preocupación.
Miró a Maksim un instante y luego volvió a mí.
—Sei sicura di questo? (¿Estás segura de esto?) —preguntó.
Sonreí.
—Sì, papino.
No añadí nada más. No hacía falta.
Su expresión cambió apenas, una mezcla de resignación y aprobación.
—Spero che tu sappia quello che fai. (Espero que sepas lo que estás haciendo.)
Asentí.
—Ti amo, papino —dije.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO