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LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO romance Capítulo 113

~MILA~

—Levanta el arma otra vez.

Solté aire por la nariz y miré a Alessia con cansancio.

—Creo que ya quedó claro que soy pésima en esto.

—Y si vuelves a bajar el arma cada vez que algo no te sale bien, también vas a ser pésima sobreviviendo.

Gruñí por lo bajo, pero obedecí.

El metal se sintió pesado entre mis manos mientras volvía a apuntar hacia los blancos colocados al fondo del claro detrás de la cabaña.

Alessia permanecía frente a mí con los brazos cruzados y esa expresión fría e implacable que ponía cuando se tomaba algo realmente en serio. Y claramente se estaba tomando aquello muy en serio. Demasiado.

Disparé.

La bala golpeó el borde externo del blanco. Ni siquiera cerca del centro.

Paolo soltó una risa nasal detrás de mí.

—Bueno… al menos ya no le disparas a los árboles.

Giré el rostro para fulminarlo con la mirada.

—¿Quieres callarte?

—Solo intento apoyarte emocionalmente, principessa.

—Pues tu apoyo es una m****a.

Nicolo le dio un golpe en el brazo.

—Déjala respirar.

—¿Respirar? Si en una balacera se pone a respirar así de lento, le meten siete tiros antes de terminar el segundo respiro.

Alessia ignoró completamente a ambos. Se acercó hacia mí y me bajó apenas los brazos.

—El problema no es tu puntería.

—Claro que sí.

—No. El problema es que estás pensando demasiado.

Fruncí el ceño.

Ella tomó la pistola de mis manos y le quitó el seguro con movimientos rápidos y precisos.

—Tú no reaccionas. Analizas. Dudas. Te cuestionas todo primero.

—Eso se llama tener cerebro.

—Eso se llama morir rápido en este mundo.

Sus palabras me atravesaron como un filoso cuchillo, porque sabía que tenía razón.

La noche del ataque había actuado exactamente así. Con miedo, confusión y desesperación, mientras Alessia, Nicolo y Paolo ponían sus vidas en riesgo, protegiendo a alguien que solo había sido un estorbo.

Alessia volvió a entregarme la pistola.

—Otra vez.

La miré con incredulidad.

—¿No podemos empezar con algo más sencillo?

—Esto es lo sencillo.

Suspiré pesadamente y volví a apuntar.

Nicolo se acercó lentamente hasta quedar detrás de mí.

—Relaja los hombros.

Sus manos se apoyaron sobre mis brazos para corregirme la postura y automáticamente sentí el calor subirme por el cuello.

Maldita sea.

Hasta entrenando lograban ponerme nerviosa.

—Así —murmuró cerca de mi oído—. Si tensas demasiado los brazos, el retroceso te mueve completa.

Paolo apareció a mi derecha.

—Y deja de cerrar los ojos antes de disparar, principessa. Eso también ayuda muchísimo.

Lo miré ofendida.

—¡No cierro los ojos!

—Sí los cierras.

—No los cierro.

—Los cierras como si fueras a explotar junto con la pistola.

—Paolo…

—¿Qué? Estoy ayudando.

Alessia soltó un pequeño suspiro de fastidio.

—Los dos cállense.

Milagrosamente obedecieron.

Hasta ahora.

Alessia caminó hacia la mesa y agarró otra arma.

—Ven.

La seguí nuevamente.

—¿Quién te enseñó a pelear así? —pregunté mientras me acercaba.

Ella revisó el cargador antes de responder:

—Nadie exactamente. La mafia italiana es tan machista y misógina como la mafia rusa. Las mujeres no servimos más que como monedas de cambio. Somos objetos sometidos a su voluntad.

No parecía incómoda hablando del tema. Pero tampoco sentimental.

—Yo no quería ser solamente eso, así que aprendí como pude.

—¿Por qué?

Alessia levantó apenas una ceja.

—Al principio por desobediencia. Me creían solo una gorda sin futuro y quise demostrarles lo equivocados que estaban conmigo. Luego por sobrevivencia. Es una estupidez ser parte de un mundo tan peligroso y no saber ni siquiera defenderte. Eso es cavar tu propia tumba. Y por último por ambición... pensaba convertirme en la primera mujer Capo de la Mafia italiana.

Sus palabras me sorprendieron muchísimo.

Ella me observó unos segundos antes de agregar:

—Y eso es lo que quiero para ti, Mila. No quiero que termines muerta o mucho peor.

Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda.

Paolo dejó de sonreír. Incluso Nicolo se quedó completamente serio. Porque todos sabíamos que aquello no era una exageración. Era la verdad.

No siempre iban a poder protegerme o cuidarme, y si no aprendía a valerme por mí misma iba a terminar muerta.

Alessia volvió a colocar el arma en mis manos.

—Otra vez.

Suspiré cansadamente, pero dispuesta a hacerlo.

—¿Cuántas veces más?

—Hasta que dejes de parecer alguien a punto de pedirle perdón al blanco por dispararle.

Asentí y volví a levantar el arma.

Esta vez respiré mejor. Acomodé los pies. Relajé los hombros y disparé.

El balazo impactó directamente cerca del centro del objetivo. Mis ojos se abrieron de golpe. Nicolo soltó un pequeño silbido. Paolo levantó ambas cejas. Y Alessia me observó diferente. No como si fuera “la dulce hermana pequeña de Maksim”. No como a alguien frágil. Sino como alguien que quizá sí podía aprender a sobrevivir a esa guerra.

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