~ARTEM~
México no me gustaba.
No me gustaba el calor pegajoso, no me gustaban las carreteras interminables, no me gustaba tener que conducir durante horas para llegar a sitios que parecían deliberadamente escogidos para estar lejos de cualquier lugar civilizado y, definitivamente, no me gustaba negociar con hombres que sonreían mientras intentaban meterte una bala entre las cejas para poderte robar el dinero y el poder.
León Valdés pertenecía exactamente a esa categoría. El cabrón era inteligente, mucho más de lo que algunos hombres de Maksim parecían dispuestos a reconocer, y aquella noche había vuelto a demostrarlo intentando modificar dos condiciones que ya habíamos discutido en la reunión anterior.
Había presentado el cambio como un detalle menor, casi administrativo, pero yo sabía leer contratos, sabía escuchar lo que una persona decía y, sobre todo, lo que convenientemente evitaba decir. Si aceptábamos aquello, la participación del cartel Valdés aumentaría lo suficiente para que, en unos meses, pudiera comenzar a exigir todavía más a cambio de permitirnos utilizar sus rutas.
Apreté el volante con una mano mientras adelantaba a un vehículo lento y regresaba a mi carril. Llevaba casi una hora conduciendo y todavía me quedaba bastante para llegar al sitio donde pasaría la noche antes de regresar a Chicago.
Lo único que quería era terminar aquellas negociaciones de una maldita vez y dejar de cruzar la frontera cada pocas semanas, pero Maksim necesitaba a alguien que pudiera sentarse frente a Valdés y hablarle en su propio idioma sin depender de un intérprete que pudiera perder matices importantes o, peor todavía, dejarse comprar. Yo era ese alguien.
Había aprendido español años atrás por razones que nada tenían que ver con México y ahora aquel conocimiento se había convertido en mi condena personal. Entre todos los hombres de confianza de Maksim, era el único que lo hablaba con suficiente fluidez como para discutir cifras, amenazas disfrazadas de condiciones comerciales y cláusulas que podían costarnos millones si alguien fingía haber entendido otra cosa.
El plan de Maksim era ambicioso. Siempre lo era. Asegurar rutas estables a través de México, extenderlas por Centroamérica y utilizarlas como puente hasta distintos puntos de Sudamérica iba a abrirnos territorios que hasta entonces habían pertenecido casi exclusivamente a otros grupos. No se trataba solamente de mover mercancía. Se trataba de tener acceso, contactos, protección y hombres dispuestos a garantizar que lo nuestro llegara a destino sin desaparecer a mitad del camino.
León Valdés podía proporcionarnos una parte importante de eso, pero también sabía cuánto valía su cooperación y pretendía exprimir cada dólar posible antes de estrecharnos la mano.
La reunión de aquella noche no había terminado mal, pero tampoco había salido como yo quería. Le había dejado claro que no modificaríamos nuestra participación y él me había respondido con aquella sonrisa de m****a que utilizaba cuando quería fingir que algo no le molestaba. Tendríamos que volver a sentarnos.
—Maldita sea —murmuré y aumenté ligeramente la velocidad.
Quería terminar aquello. Quería volver a Chicago. Y, sobre todo, quería dejar de conducir solo por carreteras mexicanas en mitad de la noche con suficientes armas en el baúl como para conseguirme una conversación bastante desagradable con las autoridades si decidían detenerme.
No llevaba escolta. Tampoco la necesitaba. Al menos eso me decía cada vez que Maksim preguntaba por qué prefería ocuparme personalmente de ciertas cosas y no ir acompañado.
La verdadera razón era más sencilla: cuantas menos personas supieran exactamente qué hacía, con quién hablaba y dónde estaba cada vez que viajaba a México, mejor.
Maksim confiaba en mí con su vida y desconfianza demasiado en todos los demás, a excepción de su mujer, como para dejar que alguien más supiera de sus asuntos importantes para que luego lo traicionara. Y Alessia era todavía peor.
Creo que esa mujer hasta mandaba vigilar al propio Maksim para saber en qué vueltas andaba, y si estaba llegaba a dar cualquier paso en falso, que se agarrara porque no solo le iba a cortar las bolas y las iba a servir de desayuno, sino también la cabeza.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...