~PAOLO~
La mansión Volkov estaba en silencio cuando Nicolo y yo regresamos. Un silencio bastante peligroso. Exactamente el tipo de silencio que existía en casas donde hombres como Maksim Volkov gobernaban.
Subimos las escaleras sin apresurarnos, con pasos tranquilos y seguros, como si fuéramos dueños del lugar.
O casi.
Porque el único dueño de la casa era el Pakhan.
No hacía falta decir nada entre nosotros para saber exactamente adónde íbamos. Nuestra signora había sido bastante clara:
«La señorita Volkova los estará esperando.»
M****a.
Sonreí apenas mientras recordaba la forma en que Mila Volkova nos miró durante toda la cena. Especialmente por encima del borde de su copa de vino. Como si quisiera pecar y todavía estuviera decidiendo si debía sentirse culpable por ello.
No parecía una mujer acostumbrada a hacer locuras.
Pero esta noche claramente quería hacer una.
Nos detuvimos frente a la puerta de la habitación que sabíamos le pertenecía a ella. Alcé la mano y golpeé suavemente. El clic de la cerradura sonó apenas un instante después y entonces apareció ella.
Joder.
Mila llevaba una bata corta de seda negra ajustada a la cintura. El cabello rubio caía sobre sus hombros en ondas suaves y sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, aunque no parecía avergonzada.
Nerviosa, sí. Pero decidida también.
Sus ojos nos recorrieron lentamente a ambos. Primero a Nicolo. Luego a mí.
Sentí cómo la tensión se volvía inmediatamente más pesada, más caliente, más peligrosa.
Mila apoyó una mano en la puerta y tragó saliva antes de murmurar:
—Pensé que tal vez no vendrían.
Sonreí lentamente mientras daba un paso hacia ella.
—Nuestra signora nos dio una misión importante, principessa —dije con calma—. Y nosotros jamás desobedecemos órdenes.
Mila curvó una sonrisa de satisfacción.
—¿Eso significa que están dispuestos a cumplir esta misión? —preguntó.
Mi hermano también sonrió.
—¿Y cuál será la misión exactamente, principessa? —cuestionó.
La principessa se mordió el labio inferior con picardía.
—Mostrarle a esta pobre alma pecadora los dotes que tienen los italianos para el pecado carnal cuando ceden a la tentación.
Perfecto.
Sonreí como un lobo.
—Pecado carnal... mi misión favorita en el mundo —dije.
Entré despacio a la habitación sin apartar la mirada de ella. Nicolo hizo lo mismo detrás de mí.
Mila retrocedió un paso.
Luego otro.
Como si entendiera demasiado tarde que acababa de encerrar a dos lobos italianos dentro de su habitación.
~MILA~
Paolo se movió a mi lado y el calor estalló en mi vientre cuando su olor llenó mis pulmones.
Olía riquísimo. No había otra manera de describirlo.
Mi boca casi cayó al suelo y se me hizo agua cuando la contemplé. Venas oscuras se marcaban a lo largo, como un mapa que me guiaba a la perfección. La punta estaba hinchada, gruesa, llena y brillante.
Y era toda para mí.
Necesitada de más, mucho más, como una muerta de hambre a la que finalmente le dan de comer, llevé mis manos a su camisa, le desabroché los botones y se la quité.
Lo observé hipnotizada y mi respiración se entrecortó ante la visión de su pecho musculoso, cubierto de intrincados tatuajes que serpenteaban por su piel como oscuras obras de arte. Algunas cicatrices también marcaban su carne aquí y allá, como un testimonio de la vida violenta que llevaba.
Desesperada, me giré para hacer lo mismo con Paolo, quien me estaba esperando. Ese enorme, corpulento, bestial y hermosísimo hombre.
Primero le quité la camisa y mis ojos se desorbitaron al contemplarlo.
Santa m****a. Era tremendamente sexy. Puro músculo y fuerza, cubierto de tatuajes, mucho más que su hermano, y era tremendamente caliente.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, con una sonrisa arrogante bailando en sus labios. Su voz era áspera por el deseo mientras se desabrochaba el cinturón.
Me mordí el labio, incapaz de apartar la mirada mientras deslizaba el cuero. Los músculos de sus brazos se flexionaron con cada movimiento, provocando que se me secara la boca
—Quítate el pantalón —ordené.
Sonrió más, dejando caer sus pantalones al suelo. Los bóxers negros hacían poco por ocultar lo duro y enorme que estaba. Mis ojos recorrieron la marcada V que dibujaba sus caderas, los abdominales definidos, los anchos hombros que podrían inmovilizarme fácilmente. Él también tenía cicatrices, al igual que su hermano. Cicatrices que lo volvían salvaje y peligroso.
—Ahora los bóxers —demandé y lo hizo.
Con mucha lentitud, arrastró la tela oscura sobre su enorme erección y la liberó para mí deleite.
Oh, querido Señor, su polla era extraordinaria. Gruesa y lisa y con una forma perfecta, y tan grande como lo había imaginado.
Paolo se puso los dedos alrededor de su erección y bombeó la longitud una, dos veces lentamente, con habilidad, haciéndome salivar por sentirla dentro de mí, en cualquier agujero que a él se le ocurriera.
—¿Estás lista, principessa? —preguntó.
Me giré, de modo que podía verlos a ambos, y lamiéndome los labios asentí.
—Estoy lista para que tomen su premio y hagan con él todo lo que quieran.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA GORDITA QUE DOMÓ A UN MAFIOSO
A mi tampoco me deja y tengo saldo...
Que pasa q no se puede desbloquear las páginas contando con monedas ???? Sean serios y no sinvergüenzas Si alguien quiere seguir leyendo este libro vean estos mensajes y no caigan en esta estafa porque no se puede leer aunque se allá pagado...
No puedo desbloquear los capítulos y tengo saldo, ayudenme !!!...
No puedo desbloquear los capítulos y si cuento con saldo, ayuda!!!...