Su mamá lo había dejado en el coche y le había dicho que en un ratito pasaría por él.
Pero cuando Alberto se despertó, su mamá seguía sin aparecer, así que se bajó solito para buscarla.
El problema era que el lugar era gigante y no lograba encontrarla por ningún lado.
Estaba a punto de hacer un puchero y soltarse a llorar cuando dos personas se pararon frente a él.
Levantó la carita, reconoció a una de ellas y murmuró: —Tía.
Silvia le dio un codazo a Josefina. —¿Y a este qué le hacemos?
Josefina lo miró fijamente. Había tomado bastante, así que no tenía la cabeza muy clara. Se agachó, le pellizcó suavemente un cachete a Alberto y le preguntó: —¿Qué andas haciendo aquí tú solo?
A Alberto se le salieron las lágrimas al instante. —Snif... busco a mi mami.
—Pues que la busque él solito —se burló Silvia—. Si le pasa algo a la criatura, la familia Gutiérrez no se la va a perdonar a Magdalena. A ver con qué excusa sale entonces. —Dicho esto, intentó jalar a Josefina de ahí.
Sin embargo, Josefina no se movió.
Las luces parpadeaban sin cesar en aquel bar repleto de gente.
Un niño de tres años rondando por ahí desentonaba por completo.
Josefina se masajeó las sienes con cansancio y le dijo: —Voy a llevarte a tu casa. Dile a la niñera que le marque a tu mamá.
Silvia se quedó helada. —¿Qué estás haciendo, Jose? ¿Por qué te metes en problemas de a gratis?
—Mira, tendré mis broncas con Magdalena, y la verdad es que odio a Benjamín —le respondió Josefina—, pero Alberto apenas tiene tres años. No puedo hacerme de la vista gorda y dejar a un niño aquí botado en un lugar peligroso.
Tomó al pequeño de la mano y empezaron a caminar hacia la salida.
—¡A ver, Jose, entiende que te estás ahogando en un vaso de agua! Magdalena usa al escuincle este para darle lástima a Benjamín y ve todo lo que te hizo sufrir. ¿Para qué le haces el favor? —le siguió reclamando Silvia.
Pero Josefina la ignoró por completo y siguió avanzando hacia la puerta.
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