—Yo estaba presente cuando ocurrió todo eso.
Replicó Benjamín con un tono sereno.
—¿Qué? —Andrés se quedó mudo un segundo y se levantó de golpe—. Si estabas ahí, ¡¿por qué fregados no la detuviste?!
Benjamín lo miró con calma, pero sus ojos denotaban firmeza:
—Porque Magdalena fue quien la acusó injustamente, y por eso reaccionó así. Don Andrés, usted mejor que nadie conoce su carácter: si le quieren achacar algo que no hizo, se va a encargar de hacerlo realidad nada más por no dejar.
—Pues ni así, ¡debiste pararla! ¡No podías dejar que le soltara el golpe nada más porque sí! —el semblante de Andrés se oscureció aún más.
Inmediatamente después, fulminó con la mirada a Josefina: —¡Pídele una disculpa a Magda en este instante!
Josefina le lanzó a Benjamín una mirada que mezclaba desconcierto y sorpresa.
No se esperaba que, por una vez en la vida, él se pusiera de su lado.
Sin embargo, aquello no la inmutó en lo absoluto.
—El día que se muera, voy a su velorio y le llevo flores. Antes no —contestó con total frialdad.
—¡Josefina!
Gruñó Andrés, tratando de contener la rabia.
—Nunca debí venir a esta casa... —Magdalena palideció y de pronto soltó el llanto—. Si mis verdaderos padres estuvieran vivos, nadie me trataría como la basura...
Ese comentario le partió el alma a Andrés.
Vio a Josefina con una decepción profunda:
—Tú... Eres una desgraciada, tú...
Pero se quedó sin insultos.
Porque, por más que le gritara, sabía que no serviría de nada.
—Magda, ya no llores —Andrés volteó a consolar a Magdalena—. Es culpa suya, y yo te pido perdón en su nombre. Pero no te agobies, ya tomé una decisión. Te voy a transferir el 5% de las acciones del Grupo León, y el día que tu madre y yo ya no estemos, la empresa completa será tuya.
—¡Ni loca acepto eso!
¡Y si no cedía, estaba dispuesto a regalarle absolutamente todo el patrimonio de los León!
Se mordió el labio con tanta fuerza que le dolió, pero ni así se soltó.
No solo sentía la herida física, sentía una estocada en el alma.
—Ya no te muerdas el labio, te estás lastimando —Benjamín le agarró la mano con el ceño fruncido.
Josefina levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre y los labios temblando:
—No fue mi culpa. ¿Por qué quieren obligarme a admitirlo? ¿Por qué se desviven tanto por Magdalena Salinas? ¿Por qué la única versión que importa es la suya?
Se veía tan frágil que parecía que se iba a romper en mil pedazos.
Había tocado fondo.
Al verla así, el pecho de Benjamín se encogió. La abrazó por inercia y, dirigiéndose a Andrés, remató: —Piénselo dos veces. Créame que este asunto se le puede salir de las manos.
—Benjamín —soltó Magdalena de pronto—. En todos estos años, te has pasado defendiéndola a capa y espada; sin importar las regadas que dé, siempre estás ahí para ella. Y todo eso, ¿es solo porque asumes que fue ella la que te sacó de los escombros el día del terremoto?

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