—¡Patrañas! —Andrés miró de reojo a Josefina, que seguía arrinconada, y resopló—. Su carácter es insoportable y hace lo que se le da la gana. ¿Para qué le voy a soltar las acciones? ¿Para que hunda a Grupo León en la miseria? Si al menos supiera convivir como familia y se apoyaran mutuamente, la cosa sería muy distinta. Pero la señorita no hace más que amargarle la vida a Magda. Obviamente jamás le voy a entregar las riendas del negocio.
La mirada de Jimena se volvió incierta mientras le daba vueltas a la idea de su esposo.
Mientras tanto, Magdalena se mantenía en completo silencio a un lado, simulando ser un ángel de obediencia.
Josefina se encajaba las uñas en las palmas de las manos; el dolor físico era lo único que la ataba a la realidad y le permitía conservar la cordura.
—No estoy de acuerdo con esto —soltó de golpe.
—Tú no eres quien toma las decisiones en la familia León —replicó Andrés.
—Si te atreves a darle siquiera una fracción de la empresa, te juro que les voy a arruinar la vida todos los días —amenazó Josefina, con los ojos inyectados de sangre y una voz que destilaba un odio rotundo—. Vamos a ver quién de nosotros tira la toalla primero.
El rostro de Andrés palideció al instante; al observar la fría indiferencia en la cara de su hija, entendió a la perfección que no estaba jugando.
—¿Todo esto lo haces aprovechándote de lo mucho que tu madre y yo te consentimos? —le soltó Andrés, con un tono ensombrecido—. Si crees que te vamos a dejar seguir haciendo estos berrinches infernales, te equivocas, ni creas que te lo vamos a tolerar.
Tras una pausa, el hombre suavizó un poco su tono:
—Magda ya es parte de la familia. Bájele un poco al orgullo, pídele perdón por cómo te has portado y hagan las paces de ahora en adelante. Si te portas bien, a ti también te entregaré un cinco por ciento de las acciones.
—Sí, exacto, hay que repartirlas parejo —asintió Jimena—. Jose, nomás pídele disculpas a Magda. Ya sabes que ella es de noble corazón y nunca te ha guardado rencor, pero igual le duele cómo la tratas. Si le muestras que estás arrepentida, esto se olvida y aquí no ha pasado nada.
—¡Já!
Josefina soltó una carcajada sarcástica. «¿Así que armaron todo este teatro únicamente para obligarme a rebajarme frente a Magdalena?».
Desde el momento en el que se había dado cuenta de la clase de escoria que era Magdalena, jamás había dado su brazo a torcer frente a ella.
Antes muerta que permitir que Magdalena se saliera con la suya.
—Jamás me voy a disculpar con ella. ¡Si le llovieron trancazos, fue porque se lo merecía!
Con el rostro endurecido, Andrés se volvió hacia su secretario:
—Saque los documentos.
Jimena, desesperada, miró a su hija:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte