El secretario lucía un poco abrumado por la situación, pero aun así asintió obediente.
—Señorita Magdalena, por favor, sígame.
Josefina se mordió los labios hasta casi sacarse sangre. Justo cuando se preparaba para replicar, la puerta de la habitación se abrió de par en par.
La imponente y esbelta figura de Benjamín apareció en el umbral. En las manos cargaba un par de regalos de cortesía.
Recorrió la estancia con sus agudos ojos y de inmediato posó su atención en Jimena.
—Doña Jimena, ¿cómo amaneció el día de hoy? —preguntó con calidez.
Sosteniéndose la cabeza, Jimena hizo un gran esfuerzo por esbozar una sonrisa.
—Ya mucho mejor... Benjamín, ¿hoy no tuviste mucho jale en el trabajo?
—No tanto. De igual manera, me quedé con el pendiente, así que decidí darme una vuelta por acá —contestó él.
Luego de responder, posó su vista en Andrés.
—Don Andrés, ¿qué es todo este alboroto?
Como Andrés aún traía los humos por los cielos, la llegada de su yerno no hizo mella en su humor; simplemente le contestó con frialdad:
—Lo mismo de anoche.
A continuación, miró de reojo a su empleado.
—¿Qué espera?
El secretario obedeció y caminó de volada hacia la puerta, con Magdalena pisándole los talones.
¡Josefina saltó como un resorte y les bloqueó el paso!
—¡Ya les dije que ni madres!
Benjamín examinó el rostro macilento de la mujer; traía los labios ensangrentados y su frágil complexión parecía al borde del desmayo.
—Asumo que le van a ceder acciones de la empresa a Magdalena —infirió en voz alta.
—Exactamente —confirmó Andrés con un asentimiento.
—Me parece justo —comentó Benjamín con un tono tan sereno que fue imposible detectar la más mínima emoción en su atractivo rostro.
—¡¿Pero qué diablos estás diciendo?! —estalló Josefina. Sintió que la cabeza le daba de vueltas y su rostro se tornó más pálido que una hoja de papel.
Ella estaba rompiéndose el lomo peleando por lo que era suyo.
¿Y él se presentaba de la nada para aplaudirle las decisiones arbitrarias a la familia León?
¡¿Por qué maldita sea?!

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