—¿Ya no te haces la mosca muerta? ¿Será porque no hay público para tu numerito? —Josefina la miró llena de desprecio, lanzando el comentario con todo el veneno posible.
Magdalena arrugó un poco la frente. —Yo no estoy actuando, tú eres la que siempre malinterpreta las cosas.
—¿Que yo te malinterpreto? —Josefina dio un paso al frente, acorralándola, mientras la miraba con ojos calculadores—. En toda nuestra vida, dime, ¿alguna vez te he juzgado mal?
Magdalena siguió retrocediendo; en sus ojos se asomaba la desconfianza y la guardia en alto.
Si se llegaba a lastimar ahí, no habría ningún testigo, lo cual no le convenía en absoluto.
Soltó un suspiro dramático y trató de parecer inofensiva: —¿Acaso te pones así de furiosa porque Benjamín siempre me va a ver? Ay… no es mi culpa. Él quiere muchísimo a Alberto. Yo trato de rechazar sus visitas cada que puedo, pero se aferra a ir. ¿Yo qué más puedo hacer?
—¡Cínica!
Silvia, que había estado escuchando todo, no se pudo aguantar el insulto. —Eres una tremenda descarada. ¡Mírate nada más haciéndote la santa! ¡Ay, te juro que si no te agarro a cachetadas, me va a picar la mano toda la semana!
Y en ese instante, avanzó hacia ella dispuesta a soltarle un golpe.
Pero Josefina la detuvo en seco. —No le vayas a pegar. Es muy buena actriz, y si Benjamín viene a buscarte pleito después, no va a valer la pena.
Silvia estaba que hervía del coraje. —¿Y la vas a dejar ir así de fácil?
Josefina soltó con frialdad: —Con que no se salga con la suya, es más que suficiente.
Apretó el botón del elevador y se dirigió a Magdalena: —Benjamín y yo nos vamos a divorciar. Váyanse a hacer su teatrito de familia feliz a otro lado y lárgate de aquí.
Magdalena apretó los labios; su mirada reflejaba intenciones ocultas que nadie más notó. —Todo lo que digo es en serio, ¿por qué no quieres creerme?
Las puertas del elevador se abrieron. Josefina, ignorándola por completo, entró junto con Silvia.
En el segundo que se cerraron las puertas, Magdalena sacó su celular, detuvo la aplicación de grabación de voz, cerró los ojos y, sin pensarlo dos veces, se soltó una fuerte bofetada.
El chasquido fue nítido y doloroso.
Con un leve giro de cabeza, acomodó el ángulo perfecto para exponer la mitad afectada de su rostro frente a él.
Pero a Benjamín poco le interesó su presencia. Con voz apagada y distante, replicó: —Deberías irte a descansar a tu casa, Magdalena. No necesito que te quedes.
Magdalena desvió la mirada y añadió con falso arrepentimiento: —Benjamín, creo que es mejor que dejes de ir a ver a Alberto. A Jose ni yo ni mi hijo le simpatizamos. Llevan tantos años juntos; me partiría el alma ser la culpable de que todo ese tiempo se eche a perder solo por sus visitas.
Benjamín, por fin, despegó su atención hacia ella. —Alberto es el único recuerdo vivo que me queda de mi hermano. Obviamente me voy a encargar de él…
No había terminado su frase cuando se percató del rojo escarlata marcado en su mejilla.
—Magdalena, ¿quién te pegó?
Con pasos acelerados, Magdalena simuló vergüenza e intentó taparse con mechones de cabello. —No… no te preocupes, no es gran cosa. Su amiga, Silvia, seguro no tenía malas intenciones. Ella también creyó las barbaridades que le metieron en la cabeza a Jose.
Tras oír aquello, el semblante de Benjamín se endureció por completo.

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