Agencia de doblaje.
Después de terminar su prueba, a Josefina la mandaron a esperar a la sala de juntas.
Silvia, tratando de relajar el ambiente, le echó porras. —No te agobies, todo va a salir perfecto. Sabes transmitir mil emociones con la voz. ¡Ay, yo casi me pongo a chillar desde afuera cuando te escuché! Te aseguro que el papel es tuyo.
Josefina, que hasta ese momento había estado tranquila, comenzó a contagiarse de sus nervios. Le agarró la mano para calmarla: —Ya, párele, nomás nos queda aguantar a ver qué dicen.
Poco después, el director de doblaje entró acompañado del encargado del proyecto.
—¿Tú eres Josefina, verdad? —preguntó el director al instante.
—Así es —confirmó Josefina, poniéndose de pie con una gran sonrisa.
El director le hizo una seña para que tomara asiento. —Ponte cómoda, no te estreses. Oye, revisé tu prueba y le metes mucha fibra emocional, pero se nota a leguas que llevas rato sin pisar una cabina. Le faltó más fuerza a tu actuación.
Josefina sintió un nudo en el estómago, pero contestó sincera: —Sí, la verdad es que tiene toda la razón.
Ambos directivos se echaron una mirada cómplice, antes de que el director añadiera: —Por ahora ve a descansar a tu casa en lo que te contactamos. Si no pasa nada raro, damos por hecho que firmarás con nosotros. Tu tono de voz le queda como anillo al dedo al protagónico, y te irás fogueando sobre la marcha.
A Josefina se le iluminó el rostro. —¡Claro que sí, muchísimas gracias, director!
Ya fuera del edificio, Silvia dejó escapar todo el aire retenido en sus pulmones. —¡Te lo dije! ¡No podías regresar al ruedo sin salir ganadora!
Josefina le dio unas palmadas amistosas en el hombro. —¡Vámonos, que yo te invito a comer!
—¡Jalo!
Habían avanzado un par de metros cuando Silvia se detuvo en seco y la volteó a ver. —¿Pero sí traes con qué pagar?
Josefina se quedó muda ante tal comentario.
Era un golpe bajo, y muy doloroso.
Tenía las cuentas bloqueadas.
Viendo cómo se le desfiguraba la sonrisa a su amiga, Silvia la sermoneó: —Es por eso que una nunca se puede dar el lujo de estar en bancarrota. Hay que ponerse a facturar, hermana. Teniendo tus propias cuentas a tope, nadie, y te digo nadie, va a poder humillarte.
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