Josefina apretó los dedos y preguntó con voz áspera:
—¿Pudiste averiguar quién lo decidió?
—¡Por eso estoy tan enojada! Mi amigo me dijo que fue alguien de apellido Gutiérrez. ¡Es tu porquería de marido! —dijo Silvia, furiosa—. ¿No le basta con llamar la atención frente a ese idiota? ¿Por qué tiene que robarte tu papel? Si tú haces algo, ella te lo quita. Parece que si te estuvieras comiendo un plato de mierda, ella te pediría una cucharada nomás por no dejar.
Josefina forzó una sonrisa rígida.
—Yo no como eso.
Silvia se quedó sin palabras por un segundo.
—Solo era un ejemplo. Estoy furiosísima. Ese día no debiste detenerme, ¡me hubieras dejado romperle la cara!
Josefina cerró los ojos y se dejó caer lentamente en el sofá.
—Si ya son tan descarados, ¿entonces por qué no acepta el divorcio?
Silvia frunció el ceño.
—Sí, ¿por qué no se divorcia? Si tanto le importa esa cualquiera, ¿acaso no quiere hacer las cosas oficiales con ella?
Su nueva vida estaba a punto de comenzar, pero el papel que ya tenía asegurado se había esfumado. Y peor aún, había sido el mismísimo Benjamín quien le ayudó a Magdalena a arrebatárselo.
¡Con qué derecho!
¡Cómo podía pisotearla de esa manera!
¡No lo iba a soportar!
Josefina se puso de pie de golpe y se dirigió a la salida.
—Jose, ¿a dónde vas? —preguntó Silvia de inmediato.
—Al hospital —respondió Josefina con una expresión helada—. ¡Quiero preguntarle qué demonios pretende!
Tenía los ojos llorosos, pero reprimió sus emociones con todas sus fuerzas.
—Te acompaño —dijo Silvia—. ¡Te ayudo a agarrarlo a trancazos!
Sin embargo, justo al terminar de hablar, sonó su celular. Lo contestó enseguida:
—Bueno, mamá. ¿Qué pasó?
No se escuchó qué le dijeron del otro lado, pero su expresión cambió.
—Está bien, voy para allá ahora mismo.
Miró a Josefina con el rostro lleno de culpa.
—No voy a poder acompañarte. Hubo un problema en mi casa y tengo que ir rápido.
Josefina entró paso a paso. Mantuvo su mirada cristalina fija en Benjamín, pero caminó directamente hasta pararse frente a Magdalena.
Su aparición hizo añicos la cálida escena en la habitación, congelando el ambiente.
—¿No que estabas muy malherido? —preguntó ella, con un tono cargado de sarcasmo—. ¿Cómo es que tienes energías para andarle consiguiendo trabajo a esta?
Al escuchar eso, Benjamín frunció sus cejas tupidas.
—¿De qué hablas?
—¡No te hagas el tonto! —Josefina luchaba por contener su coraje—. Si lo hiciste, ten los pantalones para admitirlo. Ser un hipócrita a mis espaldas, ¿no te cansa?
Benjamín frunció el ceño aún más.
—Jose, no entiendo qué me estás diciendo. ¿Acaso hay algún malentendido?
A un lado, Magdalena la miró de reojo y dio un paso al frente.
—Jose, debe haber una confusión. Benjamín apenas se está recuperando, no le hables tan feo. Sé un poco más comprensiva.
Josefina levantó la mano para soltarle una cachetada, pero alguien le sujetó la muñeca.
—Josefina, ¿por qué le quieres pegar otra vez? ¿Qué mosca te picó? —La voz de Benjamín sonó gélida.

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