Aquel recuerdo era tan lejano que Josefina se quedó atónita unos segundos antes de reaccionar.
En su primer año de universidad, ella quería acercarse a Benjamín para declararle sus sentimientos, así que le escribió una carta, averiguó en qué edificio tomaba clases y se sentó en una jardinera a esperarlo.
Fue entonces cuando Emiliano la vio. Se acercó y le preguntó con una sonrisa:
—¿A quién buscas?
Josefina, muy tímida pero con los ojos brillantes, le contestó:
—Busco a Benjamín.
—Comparto departamento con él, ¿qué necesitas? —preguntó Emiliano sin rodeos.
Al escuchar eso, a Josefina se le iluminaron los ojos y le tendió el sobre.
—¿Podrías darle esto de mi parte?
Emiliano revisó el sobre y levantó una ceja.
—Una carta de amor.
—¡No!... —Al verse descubierta, Josefina se puso roja de vergüenza—. Como sea, ¡te lo encargo mucho, gracias!
Después de decir eso, dio media vuelta y salió corriendo.
Volviendo al presente, Josefina esbozó una pequeña sonrisa.
—¡Eres tú! Hace años que no te veía. ¿A qué te dedicas ahora?
Emiliano suspiró.
—Ni siquiera terminé la universidad aquí. Mi familia me mandó al extranjero y, bueno, misión cumplida, ya estoy de regreso.
Notó su rostro pálido y sus ojos rojos, y preguntó con intriga:
—¿Qué haces sola en la calle? Tienes muy mala cara, ¿te sientes mal?
Josefina negó con la cabeza.
—No es nada, estoy bien.
—Entonces, ¿a dónde vas? Te doy un aventón. Es muy peligroso que andes caminando por la calle así —insistió Emiliano.
Josefina forzó una sonrisa.
—Gracias, pero no hace falta. Pediré un taxi a mi casa.
Era evidente que no se encontraba bien.



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