Al verla, Lorena no pudo evitar decir:
—Amiga, con esa perseverancia, ¡vas a lograr cualquier cosa que te propongas!
Pasaron tres días más y Benjamín seguía sin regresar.
Josefina sostenía el celular, con el ceño delicadamente fruncido. Decidió llamarlo directamente.
Pero después del tercer tono de espera, él le cortó la llamada.
Una mezcla de confusión y enojo apareció en su rostro al instante.
¿Qué significaba eso?
¡¿Planeaba esconderse en casa de su abuela indefinidamente?!
Sin dudarlo, marcó el número de la anciana.
—¿Aló?
La abuela contestó rápidamente, con su habitual tono amable.
—Abuela, ¿él sigue ahí? —preguntó Josefina.
—Sí, aquí sigue —respondió la abuela—. Todos los días me acompaña a caminar y a hacer mis ejercicios matutinos. Y fíjate que aprende rápido.
Josefina respiró hondo.
—Échalo de ahí. Ya no lo recibas más.
La anciana se quedó en silencio por un momento.
—Ay, muchacha, ¿cómo voy a correrlo? ¿Quieres que yo quede como la mala del cuento?
—Es evidente que me está evitando —insistió Josefina—. ¡Si le sigues dando asilo, lo estás ayudando a él!
La abuela hizo una pausa antes de responder.
—Está bien, veré qué se me ocurre.
Al colgar, la abuela soltó un suspiro de resignación.
Estos jóvenes y sus problemas... ¿por qué siempre terminaban involucrándola a ella?
Dejó el celular, pensó en una buena excusa y llamó a Arturo, el mayordomo.
—Arturo, ¿qué te parece si nos vamos de viaje?
Él se sorprendió.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Noche que Dejé de Esperarte
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