Una vez que logró encerrar a Thiago en su oficina, Leticia ordenó de inmediato al resto del equipo que se llevaran a Nadia a la locación de la sesión de fotos.
Nadia, ya con la furia totalmente saciada y sumamente satisfecha con el desenlace, entró al ascensor luciendo una sonrisa triunfal.
Leticia se masajeó las sienes, agotada. Lo único que le quedaba por hacer era lanzarles una clara advertencia a los testigos.
—Escúchenme bien: todo lo que acaban de ver y escuchar, jamás sucedió. Si alguno de ustedes tiene la brillante idea de ir a soltar rumores en internet, o si me entero de que grabaron algo y lo publican, ¡la empresa no tendrá piedad! Se atienen a las consecuencias.
Nadie se atrevió a decir una sola palabra. Pero al ver cómo habían tratado a Renata, fue inevitable que no se pusieran a pensar en sí mismos.
¿Y si algún día les tocaba estar en su lugar?
Las puertas del ascensor se cerraron, llevándose a Nadia y a su séquito.
Leticia soltó un suspiro de alivio antes de darse la vuelta y caminar hacia donde estaba Renata.
—Me imagino que ya entendiste por qué Nadia estalló de la nada y te golpeó, ¿verdad?
Renata seguía en el suelo. No era que estuviera haciéndose la víctima para dar lástima; de verdad estaba tan mareada que veía borroso. El golpe que Thiago le había dado fue brutal, y apenas ahora, tras varios minutos, empezaba a recuperar el sentido.
Apoyándose en los brazos, logró levantarse. Su cuerpo se tambaleó un par de veces antes de poder mantener el equilibrio. Sin siquiera dirigirle una mirada a Leticia, caminó directo hacia los ascensores.
—¡Te pegó porque te vio las marcas en el cuello! ¡Se dio cuenta de que pasaste la noche con el jefe!
Aquella arrogancia, el desprecio asqueroso, la humillación pública... por desgracia, no era la primera vez que los experimentaba.
Tres años atrás, su madre fue brutalmente atropellada por un auto deportivo a exceso de velocidad mientras cruzaba la calle, dejándola en estado crítico. Cuando Renata llegó corriendo al hospital con el corazón en la garganta, el abogado del conductor ya la estaba esperando.
—Mi tiempo es sumamente valioso, señorita, y el de mi cliente también. Así que ahorraré las cortesías y le daré dos opciones.
—Opción uno: usted firma un acuerdo renunciando a cualquier acción legal. A cambio, nosotros contrataremos al mejor equipo médico del país para tratar a su madre. Por supuesto, no podemos garantizarle que vuelva a ser la misma de antes, pero le aseguro que no morirá. Además, le daremos una compensación económica más que suficiente para cubrir cualquier gasto a futuro. Claro que, si usted no quiere desperdiciar ese dinero en cuidados médicos interminables, la compensación puede quedarse íntegra en sus bolsillos.
—La segunda opción es que sea terca e intente demandarnos. Si elige este camino, no pagaremos ni un solo centavo de los gastos médicos. Es más, la contrademandaremos alegando que fue su madre quien violó las leyes de tránsito y cruzó imprudentemente, causando el accidente en el cual mi cliente resultó lesionado. Créame, si llegamos a los tribunales, el juez fallará a nuestro favor y declarará a su madre como la única responsable. Para cuando el juicio comience, lo más seguro es que ella ya esté muerta. ¡Y usted será la culpable de que no pueda descansar en paz!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...