—Estoy empapada en sudor. Voy a bañarme.
Renata intentó zafarse del agarre de Thiago para ir al baño, pero él la jaló hacia sí con fuerza.
—Nos bañamos juntos.
—El baño es muy pequeño.
—Sí, es demasiado pequeño. Tengo varios departamentos vacíos. Un día de estos ve a elegir uno y múdate. Así me ahorro tener que venir hasta acá, es bastante incómodo para hacer cualquier cosa.
Renata apretó los labios. ¿Qué insinuaba? ¿Pretendía convertirla en su amante oficial a largo plazo?
Ella ni de broma tenía intenciones de quedarse con él.
Como era de esperarse, dentro del baño la volvió a tomar. Al regresar a la cama, Renata estaba tan exhausta que ni siquiera le quedaban fuerzas para sentir asco; simplemente le dio la espalda y cayó rendida.
A la mañana siguiente se despertó tarde. En un raro ataque de amabilidad, Thiago le permitió irse con él en su auto hacia la empresa.
—Manuela ya dio su brazo a torcer —comentó Thiago, con la mirada al frente—. Supongo que al final aceptará volver a las grabaciones. Tú seguirás acompañando a Nadia al set. Esta vez, por favor, trata de no arruinarlo. Pon atención a tu trabajo y asegúrate de que no vuelva a pasar un desastre como el de ayer.
Renata miró por la ventanilla del copiloto. Inevitablemente recordó el momento en la sala de juntas cuando Nadia le lanzó el vaso a la cabeza; él no había movido un solo dedo para defenderla y, en cambio, se había unido a Nadia para insultarla.
No es que hubiera esperado que él la apoyara, la verdad, nunca había esperado nada de él, pero le resultaba inconcebible cómo alguien podía lastimar a una persona de día, ir con total descaro a su cama de noche, y a la mañana siguiente darle órdenes como si tuviera la moral más intachable del mundo.
Al ver que ella no respondía, Thiago le lanzó una mirada de reojo.
—Quiero que te grabes algo muy bien en la cabeza: Nadia nunca se equivoca.
Una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Renata, quien finalmente volteó a mirarlo.
—Entonces me encantaría preguntarle, señor Flores, ¿qué fue exactamente lo que yo hice mal?
El rostro de Thiago se ensombreció de inmediato.
—¡El simple hecho de que me hagas esa pregunta demuestra que estás equivocada!
—¿Usted se cree que es Dios, señor Flores?
—¿Qué dijiste?
—Porque solo un dictador puede declarar a alguien culpable sin dar razones.
Con un frenazo brusco, Thiago orilló el auto y se detuvo de golpe.
El atrevimiento dejó a todos boquiabiertos.
¡La asistente acababa de devolverle el golpe a la estrella!
—¡¿Cómo te atreves a tocarme?!
Enfurecida, Nadia levantó la mano para asestarle otra bofetada, pero esta vez Renata la esquivó.
—¡Soy una empleada de esta empresa, no tu esclava! ¡No tienes ningún derecho a golpearme ni a insultarme!
—¡¿Te estás rebelando contra mí, infeliz?!
Nadia estaba histérica. A gritos, ordenó a los demás que agarraran a Renata; si no le daba una paliza en ese mismo instante, iba a explotar de rabia.
Los demás empleados cruzaron miradas nerviosas, pero ninguno movió un dedo.
—Nadia, por favor, la sesión de hoy es muy importante —intervino Leticia, intentando calmarla—. Vámonos ya, yo me encargaré de darle una buena lección cuando regresemos.
—¡No! ¡Tengo que enseñarle hoy mismo lo que pasa cuando alguien se atreve a levantarme la mano!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...