El departamento que Renata alquilaba estaba en un viejo edificio de seis pisos, sin ascensor.
El lugar era diminuto, pero como vivía sola, se las arreglaba para mantenerlo limpio y acogedor. Al llegar a casa, se dio un baño y se sentó de inmediato a seguir escribiendo su guion.
Sabía que esa era su única salida. Si lograba vender ese guion, tendría el dinero suficiente para pagar el tratamiento de su madre, podría renunciar a ese trabajo donde la trataban como basura, y lo más importante: se libraría de Thiago para siempre.
Aquella tarde en casa de Manuela, Renata se había asegurado a propósito de que la productora viera las páginas de su guion.
Gran parte de lo que estaba sucediendo entraba dentro de sus cálculos.
Justo cuando terminó de escribir un episodio completo, llamaron a la puerta.
Un leve rictus de desagrado curvó sus labios; no necesitaba preguntar para saber quién estaba del otro lado. Se levantó y abrió.
Antes de siquiera verle la cara, el fuerte olor a alcohol la hizo dar un paso atrás.
—¡Qué lenta eres!
Thiago la empujó a un lado, entró como si fuera el dueño del lugar y fue directo a la habitación. Se quitó la chaqueta, se tiró en la cama y ordenó:
—Tráeme agua.
Renata observó al intruso. Entraba a su hogar, se adueñaba de su cama sin pedir permiso, actuando como un rey arrogante que creía que todo el territorio bajo el cielo le pertenecía.
Y la trataba a ella como a su sirvienta.
Ya que no le quedaba más remedio que mantener esa relación con Thiago para salvar a su madre, Renata prefería mil veces que sus encuentros fueran en cualquier otro lado. Un hotel, un auto, hasta al aire libre. Donde fuera, menos en su propia casa.
Cada vez que él pisaba su pequeño refugio, se sentía profanada. Y cuando finalmente se iba, tenía que hacer una limpieza profunda, o sentiría que su hogar estaba impregnado de una suciedad que le daba asco.
Pero ya estaba ahí.
Renata reprimió un suspiro amargo, fue a la cocina, le sirvió un vaso con agua fresca y se lo acercó.
Thiago se incorporó un poco, dio un par de tragos bebiendo directo de sus manos y apartó el vaso.
En el mismo instante en que Renata se disponía a dejarlo en la mesita, Thiago la agarró por la cintura desde atrás y la tiró sobre el colchón. El golpe la dejó aturdida y viendo estrellas. Un segundo después, él ya estaba encima de ella.
—Hoy me viste pedirle matrimonio a Nadia en la sala de juntas.
Renata apretó los labios. Era cierto, lo había visto.
Mientras escupía esas palabras, se inclinó y la besó con fuerza.
Renata levantó las manos por instinto, intentando empujarlo por los hombros, su cuerpo rechazándolo desde las entrañas. Pero Thiago le agarró las muñecas y se las fijó sobre la cabeza con una sola mano.
—Ya hablé con la mejor clínica privada para tu mamá. La trasladarán en un par de días.
Esa simple frase aniquiló cualquier chispa de resistencia en Renata. Era el pacto no escrito entre ambos: a él no le gustaba aprovecharse sin dar algo a cambio, y a ella le asqueaba la idea de no recibir nada por su sacrificio. Así que él pagaba y ella aceptaba.
En realidad, todo eso que Thiago había dicho sobre el amor o la falta de este estaba totalmente fuera de lugar.
El departamento era pequeño, pero eso no impidió que Thiago la sometiera y dejara sus marcas en ella en casi cada rincón de la habitación.
—Tienes algo que me vuelve loco.
—Y por más que le doy vueltas, no logro entender qué es —murmuró él, abrazándola por la cintura por detrás, enterrando la nariz en su cuello, como si no tuviera suficiente—. Tienes una cara común y corriente, aunque tu figura es envidiable... pero mujeres hermosas con cuerpos perfectos sobran allá afuera. ¿Acaso me hiciste algún tipo de embrujo?
Renata detestaba esa falsa intimidad. Le repugnaba.
No eran dos personas enamoradas; después de saciar el deseo, ¿qué sentido tenía fingir ternura?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...