—¡Ella me arruinó a propósito! —Nadia siseó entre dientes, fulminando al abogado con la mirada.
El hombre soltó un suspiro desesperado.
—Ya escuchaste que se acercó a ti con un plan. Si decidió atacarte ahora, es porque tiene todo fríamente calculado. ¡Podría tener cosas peores sobre ti! ¡Por lo que más quieras, no la provoques!
Pero Nadia estaba cegada por la rabia. No escuchaba razones.
—¡Renata, si te atreves a destruirme, te haré pagar! ¡Te juro que te destruiré la vida!
—¿Ah, sí? —Renata miró al abogado con una sonrisa de puro hielo—. Supongo que acabas de escuchar eso. ¿Clasifica como amenaza legal?
—Señorita Morales, Nadia está hablando desde la frustración. No debe tomar sus palabras en serio.
—¿Y qué pasa si quiero tomarlas muy en serio?
El abogado tragó saliva. Si Renata decidía ir a la policía por la amenaza, las autoridades no encarcelarían a Nadia solo por unas palabras. Pero el problema era que Nadia era una figura pública, y en medio de este circo mediático, que la vieran entrar a una patrulla sería el golpe de gracia. No podían permitirse ese riesgo.
—Señorita Morales...
Renata levantó una mano, cortándolo en seco.
—¿No me preguntaste qué tenían que hacer para que la deje en paz?
El abogado enderezó la postura al instante.
—La escucho, señorita Morales.
—Mi exigencia es muy simple. —Renata fijó sus ojos en Nadia—. Quiero que vaya a la tumba de mi madre, se arrodille a suplicarle perdón, y luego camine derechita a la comisaría a entregarse por lo que hizo.
—¡Estás loca, Renata! ¡Jamás haré eso! ¡No voy a humillarme y mucho menos iré a la cárcel! Si quieres guerra, adelante, ¡pero prepárate para las consecuencias! —gritó Nadia, histérica.
Renata se puso de pie, mirándola como si viera un insecto repugnante.
Que alguien del nivel de Gaspar Andrade hiciera una concesión así despertó la curiosidad de Renata. Quería ver qué tenía de especial esa chica.
Llegaron al set y esperaron hasta que cayó la noche. Finalmente, la joven actriz apareció corriendo, casi sin aliento.
Venía directo de grabar, aún con el peinado y la ropa de época de su otra producción.
—Maestros, mil disculpas, perdón por la tardanza.
Era una chica de apenas veintidós años, recién graduada de la academia de actuación.
A Renata le bastó una mirada para entender por qué el director la quería. Tenía unos ojos que hablaban, llenos de historias. No era una belleza despampanante, pero tenía un magnetismo hipnótico.
El personaje principal que Renata había escrito era una mujer marcada por la tragedia, alguien que arrastraba el peso del mundo sobre sus hombros. Y esta chica irradiaba exactamente esa melancolía.
—Llegas media hora tarde —le reclamó Manuela, visiblemente molesta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...