Esas palabras hicieron que la sangre de Carlota hirviera de rabia.
—¡No te atrevas a decir mentiras sobre mi mamá! ¡Mi mamá no le hizo daño a ese hombre! ¡Pídeme perdón ahora mismo!
Al escucharla, los ojos de la niña brillaron con morbo.
—¡Así que sí eres tú!
—¡Pídeme perdón! —le gritó Carlota a todo pulmón.
La niña bufó con desprecio.
—¡Tu papá se acaba de morir y en vez de estar en tu casa llorando, andas por ahí jugando a buscar tesoros y muerta de risa! ¡Eres una niña mala!
—¡No soy una niña mala! Yo...
Los ojos de Carlota se llenaron de lágrimas. Quería gritar que la muerte de ese hombre no tenía nada que ver con ella, pero, al fin y al cabo, él era su padre. No podía decir que no le importaba... Quizás sí se suponía que debía estar llorando.
Sin embargo, ese hombre había aparecido de la nada en su vida, obligándolas a ella y a su madre a mudarse a su casa, a obedecer sus órdenes y a someterse a su voluntad. Decía que la amaba, pero Carlota jamás sintió que esa forma de control fuera amor de padre. La verdad era que le tenía un profundo rechazo.
Ahora él estaba muerto, y toda esa gente le reclamaba que, como su hija, debía estar destrozada y llorando su partida.
Pero ella no sentía tristeza, no le salían las lágrimas. Y por eso, la tachaban de niña mala.
—¡No quiero hablar más contigo! ¡Devuélveme mi caja!
Carlota se abalanzó para arrebatársela, pero la niña, con malicia, la tiró al suelo.
Se escuchó un golpe seco y el inconfundible sonido de algo rompiéndose en su interior.
La niña pareció darse cuenta de lo que había hecho. Un destello de pánico cruzó por sus ojos, pero rápidamente se excusó:
—¡Si tanto dices que es tuya, pues ahí la tienes! ¡Al cabo que ni la quería!
Dicho esto, salió corriendo a toda velocidad.
Blanca llegó corriendo en ese momento. Carlota había salido disparada tan rápido que la había perdido de vista por unos minutos.
—¡Mamá! —Carlota se arrojó a sus brazos, sollozando—. ¡Vámonos de aquí, por favor! ¡Toda la gente de aquí es mala!
Floriana estuvo consolándola un largo rato, sabiendo que en ese estado no lograría sacarle ni una palabra sobre lo ocurrido. Al ver los ojitos hinchados de su pequeña, la idea de regresar al pueblito empezó a rondarle seriamente la cabeza.
Y no tardó mucho en convencerse de que esa era la mejor decisión.
Blanca la llamó desde la planta baja. Floriana le pidió a Carlota que fuera a lavarse la cara y bajó. Para su sorpresa, se encontró con Mónica Prado, acompañada por dos imponentes guardaespaldas vestidos de negro.
La empleada doméstica les había cerrado la puerta en la cara, pero la madre de Facundo Prado había advertido que, si Floriana no salía a darle la cara, armaría un escándalo en redes sociales para ver cuál de las dos terminaba más humillada.
Floriana respiró hondo. La tormenta mediática ya la había destrozado por completo en internet. Si Mónica Prado sumaba sus gritos a la histeria colectiva, sería imposible sobrevivir a ese linchamiento público.
—Floriana, creo que deberías llamar a Isabella para que venga a encargarse de esto —sugirió Blanca. Había echado un vistazo hacia afuera y los enormes guardaespaldas no le daban buena espina, por lo que temía por la seguridad de su jefa.
—No, esto es algo que tengo que enfrentar yo sola.
Floriana le encargó a Blanca que se quedara cuidando a Carlota. Con paso firme, salió al jardín, caminó hasta la reja principal y, bajo la mirada cargada de odio de Mónica Prado, abrió la puerta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...