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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1118

—¡Qué cobarde! ¡Ni siquiera tuvo los pantalones para decírselos en la cara! —Isabella estaba echando chispas. Como bien había dicho Floriana, nadie lo obligó a nada. Si no quería ir, bastaba con decir que no. ¡Ilusionarlas y prometerles el cielo para luego dejarlas tiradas como si nada, era una bajeza!

Jairo suspiró con pesadez.

—Trataré de comunicarme con él más tarde para que me explique qué demonios pasó por su cabeza.

Pero para Floriana, el motivo ya no importaba. El resultado era el mismo.

—Para nosotras, ese pueblito es nuestro lugar seguro, un hogar. Para él, seguramente se sentía como una prisión.

Tal vez era mejor así. Si se quiso ir, que se fuera.

Carlota lloró mares y, entre desgarradores sollozos, sentenció:

—Ya no lo quiero. Nunca más en la vida voy a volver a querer a papá.

Después de eso, tomó la mano de Floriana y ambas se marcharon, dejando atrás la ciudad.

Cuando Isabella regresó a la habitación, Jairo ya se había cambiado. Llevaba un impecable traje oscuro de luto y lentes de sol negros.

—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó ella con suavidad.

Jairo negó lentamente con la cabeza.

—Los Prado no quieren vernos ni en pintura.

—Entonces iré otro día por mi cuenta a dejarle unas flores a la tumba de Facundo.

Hoy era el día en que enterraban a Facundo. Aunque ambas familias habían terminado odiándose a muerte, Jairo sentía que, por los años de hermandad, era su deber moral asistir al funeral.

En el cementerio, Mónica Prado colapsó por el dolor desgarrador y la familia se la llevó de urgencia al hospital, por lo que se retiraron apresuradamente. Frente a la fría lápida, solo quedaron Jairo, Ignacio Rodríguez y Thiago Flores.

Thiago lloraba a lágrima viva, incapaz de consolarse.

—Crecimos los cuatro juntos. Siempre pensé que llegaríamos a viejos compartiendo asados y tragos... Nunca imaginé que Facu sería el primero en adelantarse.

Ignacio respiró hondo, tragándose el nudo que amenazaba con asfixiarlo, y se agachó frente a la tumba.

—¿Creen que deberíamos comprarle unas buenas botellas del mejor tequila o whisky, para que no le falte nada de lujo en el más allá? Ahora todos traen flores, pero ¿de qué le sirven unas putas flores allá abajo?

Ignacio y Thiago intercambiaron una mirada comprensiva mientras lo veían alejarse.

Aunque Jairo no derramara una sola lágrima ni lo demostrara, la muerte de Facundo lo había destrozado mil veces más que a cualquiera de ellos.

Durante años, Jairo y Facundo habían sido como hermanos de sangre, inseparables en las buenas y en las malas. Nadie hubiera imaginado jamás que todo terminaría en un abismo tan oscuro.

—Vámonos, yo invito las rondas —dijo Thiago, pasando un brazo por los hombros de Ignacio—. Esta noche vas a beber conmigo hasta que nos olvidemos de nuestros nombres.

Ignacio lo apartó con una sonrisa sin ganas.

—Ni loco me pongo a competir contigo, tienes un hígado de acero.

Ambos se fueron al bar propiedad de Thiago. Con el corazón roto y la tristeza a flor de piel, no tardaron en emborracharse por completo.

Ignacio no recordaba en qué momento perdió el conocimiento. Sintió que había dormido una eternidad. Cuando por fin logró abrir los pesados párpados, se encontró acostado en una habitación decorada con una extravagancia absurda y muebles dorados por doquier...

Esa definitivamente no era su casa, ni la de Thiago. Parecía un motel, pero ¿qué hotel tenía una decoración tan de narco?

Mientras intentaba atar cabos con la cabeza punzándole, la puerta se abrió. Tatiana Gutiérrez entró usando solo una reveladora bata de dormir.

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