—¡Qué cobarde! ¡Ni siquiera tuvo los pantalones para decírselos en la cara! —Isabella estaba echando chispas. Como bien había dicho Floriana, nadie lo obligó a nada. Si no quería ir, bastaba con decir que no. ¡Ilusionarlas y prometerles el cielo para luego dejarlas tiradas como si nada, era una bajeza!
Jairo suspiró con pesadez.
—Trataré de comunicarme con él más tarde para que me explique qué demonios pasó por su cabeza.
Pero para Floriana, el motivo ya no importaba. El resultado era el mismo.
—Para nosotras, ese pueblito es nuestro lugar seguro, un hogar. Para él, seguramente se sentía como una prisión.
Tal vez era mejor así. Si se quiso ir, que se fuera.
Carlota lloró mares y, entre desgarradores sollozos, sentenció:
—Ya no lo quiero. Nunca más en la vida voy a volver a querer a papá.
Después de eso, tomó la mano de Floriana y ambas se marcharon, dejando atrás la ciudad.
Cuando Isabella regresó a la habitación, Jairo ya se había cambiado. Llevaba un impecable traje oscuro de luto y lentes de sol negros.
—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó ella con suavidad.
Jairo negó lentamente con la cabeza.
—Los Prado no quieren vernos ni en pintura.
—Entonces iré otro día por mi cuenta a dejarle unas flores a la tumba de Facundo.
Hoy era el día en que enterraban a Facundo. Aunque ambas familias habían terminado odiándose a muerte, Jairo sentía que, por los años de hermandad, era su deber moral asistir al funeral.
En el cementerio, Mónica Prado colapsó por el dolor desgarrador y la familia se la llevó de urgencia al hospital, por lo que se retiraron apresuradamente. Frente a la fría lápida, solo quedaron Jairo, Ignacio Rodríguez y Thiago Flores.
Thiago lloraba a lágrima viva, incapaz de consolarse.
—Crecimos los cuatro juntos. Siempre pensé que llegaríamos a viejos compartiendo asados y tragos... Nunca imaginé que Facu sería el primero en adelantarse.
Ignacio respiró hondo, tragándose el nudo que amenazaba con asfixiarlo, y se agachó frente a la tumba.
—¿Creen que deberíamos comprarle unas buenas botellas del mejor tequila o whisky, para que no le falte nada de lujo en el más allá? Ahora todos traen flores, pero ¿de qué le sirven unas putas flores allá abajo?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...