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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1131

Dentro del vehículo, Ignacio también sintió que algo andaba mal. Primero, porque además del conductor, había un tipo enorme y musculoso sentado en el asiento del copiloto. Segundo, desde que se subió, ninguno de los dos había pronunciado palabra. Y por último, acababan de saltarse un semáforo en rojo y la velocidad no dejaba de aumentar.

—Déjenme en la siguiente esquina. Voy a bajar a comprar algo —dijo, haciendo un esfuerzo titánico por sonar tranquilo.

El conductor lo ignoró y atravesó la intersección a toda velocidad.

—¡Dije que quiero bajar! ¡Frenen el auto ahora mismo! —gritó Ignacio, perdiendo la paciencia.

El mastodonte del asiento delantero se giró lentamente, mostrando una sonrisa siniestra y unos dientes manchados.

—Para subirse a nuestro auto es muy fácil, joven Ignacio. Bajar... ya no depende de usted.

El primer instinto de Ignacio fue sacar el celular para llamar a la policía, pero antes de que pudiera marcar, el hombre se lo arrebató de un manotazo.

—¡Yo que usted me quedaba quietecito!

Como era lógico, Ignacio no iba a dejarse secuestrar en paz. Trató de abrir la puerta, pero estaba bloqueada con el seguro infantil. Presionó el botón para bajar la ventana y empezó a gritar hacia los autos vecinos.

—¡Ayuda! ¡Llamen a la policía! ¡Me están secuestrando!

Los demás conductores llevaban los vidrios arriba y nadie parecía escucharlo. Ignacio bajó la ventanilla al máximo, dispuesto a sacar medio cuerpo para llamar la atención.

En ese instante, el taxista dio un volantazo violento que casi saca a Ignacio por la ventana, empujándolo de nuevo hacia el asiento.

Ignacio intentó forcejear otra vez con la puerta, pero el gigante del copiloto ya se había bajado. Abrió la puerta trasera, empujó a Ignacio al interior y se sentó junto a él.

El auto aceleró de nuevo. Ignacio soltó un puñetazo directo al rostro del hombre, pero este lo esquivó como si nada, le agarró la muñeca y le torció el brazo hacia atrás con brutalidad.

Ignacio soltó un gruñido sordo de dolor. El crujido del hueso saliéndose de su lugar resonó en la cabina.

—Joven Ignacio, dicen por ahí que es usted profesor, un intelectual. ¿Cómo era esa frase? Ah, sí, alguien que 'no mata ni a una mosca', ¿verdad? Así que no se haga el valiente, porque solo va a sufrir más. Nosotros hacemos nuestro trabajo. Nos pagaron para atraparlo, no para matarlo, así que cálmese.

El tipo hasta tuvo el descaro de intentar consolarlo.

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