Sin embargo, no había rastro de su equipaje. Y si se había ido con sus maletas, entonces la teoría de que huyó a toda prisa dejaba de tener sentido.
—¡Isabella, ven a ver esto! —la llamó Leandro desde la otra habitación.
Isabella fue de inmediato. La habitación oeste era el comedor, y sobre la mesa había un plato de sopa y unas verduras salteadas. Con el calor húmedo del verano, la comida ya se había echado a perder y desprendía un olor rancio.
Esto estaba muy mal. El instinto de Isabella le decía que a Helena le había pasado algo grave.
Tras discutirlo, decidieron ir al cementerio donde estaban los padres de Helena. Le preguntaron a un par de vecinos mayores que aún recordaban a la familia Cordero y ellos les indicaron el camino hacia la montaña este.
Al encontrar las tumbas, vieron flores frescas y ofrendas. Quedaba claro que Helena había estado ahí.
—Siento que deberíamos llamar a la policía —murmuró Leandro, tenso.
Pero la mente de Isabella estaba en otra parte. Llevaba un rato mirando fijamente hacia un punto a lo lejos.
—Leandro, ¿no ves a una persona en la montaña de enfrente?
Él siguió la dirección de su dedo y, en efecto, divisó una silueta. Y lo peor era que esa persona parecía estar observándolos a ellos.
—Es una mujer —afirmó Isabella.
—¿Crees que sea la ingeniera Cordero?
—Si nos vio, debería haber bajado a saludarnos. ¿Por qué se queda ahí parada, escondida?
—¡Si ella no baja, nosotros subimos! —decidió él.
Sin perder tiempo, emprendieron la subida hacia la otra montaña. Pero para cuando llegaron al punto exacto, la persona ya se había esfumado.
—¿Crees que nos lo imaginamos? —dudó Leandro.
Isabella ya no estaba tan segura.
—Olvídalo. Bajemos de una vez.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...