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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1163

Con la decisión tomada, recogieron sus cosas a toda prisa y subieron al auto.

Sin embargo, apenas salieron del pueblo, la lluvia volvió a caer, esta vez con mucha más fuerza.

Ninguno de los dos tenía experiencia manejando en caminos de montaña. Ya estaban nerviosos de por sí, pero con el aguacero, el lodo resbaladizo y la poca visibilidad, el miedo se apoderó de ellos. Para colmo, justo en una curva cerrada, un hombre en un triciclo eléctrico salió de la nada, cruzando imprudentemente frente a ellos.

Leandro soltó una maldición y dio un volantazo brusco para esquivarlo.

Pero el lado hacia el que giró era una pendiente pronunciada. Pisó el freno a fondo, pero los neumáticos patinaron en el barro y el auto comenzó a deslizarse hacia el vacío.

Isabella agarró el volante con desesperación para intentar estabilizar el vehículo. Al ver que abajo había un río caudaloso, el pánico los invadió. Su única salvación fue apuntar el cofre del auto hacia una roca enorme que estaba en la orilla.

Hubo un estruendo metálico. El coche se estrelló contra la piedra y se detuvo en seco.

El impacto hizo que Isabella se golpeara la frente contra el tablero, pero afortunadamente el vehículo no avanzó más.

Leandro también se llevó un buen golpe, aunque nada de gravedad.

Salieron del auto temblando, con el corazón en la garganta. Al ver que el coche estaba encajado de forma segura contra la roca, por fin soltaron el aire que llevaban contenido.

—¡¿Quién era ese infeliz?! ¡Se cruzó a propósito, casi nos mata! —bramó Leandro, aún pálido por el susto.

Isabella miró hacia la carretera, arriba. Solo alcanzó a ver una silueta de espaldas; el hombre los miró un segundo y, al comprobar que no habían caído al río, se largó a toda velocidad.

—Es obvio que ya no podemos irnos —Isabella miró a su alrededor. Estaban en medio de la nada, sin una sola casa a la vista—. Regresemos a casa de Helena y veamos qué hacemos.

Cargando sus mochilas, caminaron bajo la tormenta hasta regresar a la vivienda.

Leandro logró comunicarse con la agencia de alquiler de autos y, aprovechando que la lluvia había bajado un poco de intensidad, decidió ir al pueblo a comprar comida.

Como Helena no planeaba quedarse mucho tiempo, las provisiones que dejó eran escasas. Si no compraban algo, no tendrían qué cenar.

Mientras Leandro estaba fuera, Isabella se puso a limpiar un poco más la casa.

Al barrer debajo de la cama, algo llamó su atención: era un celular.

Esa noche, Helena no apareció.

A la mañana siguiente, cuando Isabella despertó, Leandro ya no estaba en la habitación. Supuso que había salido a hacer preguntas por el pueblo.

Isabella se arregló rápidamente, decidida a llamar a las autoridades de una vez, pero justo cuando sacaba su celular, Leandro entró corriendo por la puerta.

—¡Isabella, averigüé dónde está la ingeniera Cordero!

Resultó que algunos aldeanos la habían visto. Al parecer, estaba viviendo en unas construcciones abandonadas en la montaña de enfrente.

—Pero, si tiene su casa aquí, ¿qué necesidad tiene de irse a vivir al monte? —Isabella estaba escéptica, aunque recordó la silueta que habían visto en el cementerio el día anterior. Realmente se parecía a Helena.

—No tengo idea —respondió Leandro—, pero creo que deberíamos ir a comprobarlo.

Isabella lo pensó unos segundos y asintió.

Tenían la intención de ir a la policía, pero considerando el video de la noche anterior, Helena no parecía estar secuestrada. Si iban a la comisaría solo con eso, lo más seguro es que los oficiales ni siquiera se tomaran la molestia de investigar.

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