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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1167

La reacción desmedida de Helena dejó a Isabella totalmente desconcertada.

—El auto que venía por nosotros tuvo un accidente en la carretera, así que no sabemos a qué hora nos podremos ir. Pero eso no es lo peor... esta mañana me desperté y Leandro no estaba. ¿No vino a buscarte?

—¡¿Dices que el ingeniero Muñoz desapareció?! —exclamó Helena, pálida como un fantasma.

—Sí, lo he estado buscando toda la mañana y nadie lo ha visto.

La cara de Helena era un poema de terror. Sus facciones temblaban.

—Él... tal vez tuvo una urgencia y se regresó a la ciudad primero...

—No, Leandro jamás se iría sin avisarme, y además no tiene vehículo.

—Tranquilízate, voy a ayudarte a buscarlo.

Helena agarró a Isabella del brazo y la jaló con fuerza para bajar la montaña en ese mismo instante. Pero apenas habían dado unos pasos, una voz a sus espaldas la congeló.

—¡Helena!

Ante ese simple llamado, Isabella sintió cómo los dedos de Helena se clavaban en su brazo con una fuerza aterradora.

Isabella volteó y vio a un hombre vestido con un impermeable negro. Por la distancia, no logró distinguir su rostro.

—Baja al pueblo y búscalo tú primero. Yo te alcanzo en un rato —balbuceó Helena.

Y sin darle tiempo a Isabella de decir una sola palabra, la soltó y salió corriendo hacia el hombre.

Isabella arrugó la frente, viendo cómo Helena y el extraño se alejaban en dirección contraria. La irritación comenzó a ganarle al miedo. Ella y Leandro habían cruzado medio país porque estaban preocupados por Helena, y no solo los había corrido varias veces, sino que ahora, sabiendo que Leandro estaba desaparecido, la dejaba sola para irse con un tipo.

Pero enojarse no servía de nada. Isabella regresó al pueblo y empezó a tocar puerta por puerta.

Preguntó en al menos cinco casas, pero la respuesta era siempre la misma: nadie había visto a Leandro.

Apenas terminó la llamada, apareció la camioneta que debía recogerlos.

Isabella intentó marcarle a Leandro una vez más. Buzón directo.

—Señorita Quintero, lo mejor es que nos vayamos de una vez. Esas nubes se ven feas, va a volver a llover —sugirió el chofer.

Isabella soltó un suspiro. Leandro ya era un hombre adulto, sabía cuidarse solo. Con esa idea en mente, subió su equipaje y se metió al auto. Decidió que lo mejor sería esperarlo en Luminosa; ese pueblo le daba una vibra demasiado pesada.

Mientras la camioneta serpenteaba cuesta arriba por la carretera, Isabella miraba por la ventana. A un lado estaba el precipicio. Con el asfalto mojado por las lluvias recientes, no pudo evitar sentir un nudo de nervios en el estómago.

—Me comentó que tuvo un accidente en el camino. ¿Qué pasó exactamente? —preguntó Isabella por curiosidad.

Al mencionar el tema, la cara del chofer se enrojeció de coraje.

—Mire nada más la suerte. Venía bajando con cuidado, cuando de un camino de tierra salió disparado un infeliz en un triciclo eléctrico. Para no matarlo, tuve que dar un volantazo y me salí del camino. ¡Gracias a Dios la pendiente no estaba tan empinada y unos campesinos me ayudaron a sacar la camioneta con unos lazos!

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