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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1168

—Pero, ¿sabe qué fue lo peor? Ese maldito del triciclo vio cómo me iba por el barranco y el muy infeliz se puso a sonreír. ¡Qué clase de psicópata hace eso!

Al escuchar esto, a Isabella se le congeló la sangre. Automáticamente recordó el incidente del día anterior: ellos también habían caído por la ladera tratando de esquivar a un triciclo que se cruzó a propósito.

Ese barranco sí era profundo; de hecho, su auto alquilado seguía ahí abajo.

—Disculpe... ¿el triciclo era azul?

—¡Sí! Azulito. Lo venía manejando un tipo.

—¿Llevaba puesto un impermeable negro?

—Exactamente. ¿Acaso ustedes lo conocen?

Isabella negó con la cabeza en estado de shock. No lo conocía, pero lo había visto. Era el mismo hombre que esa mañana le gritó a Helena, impidiendo que bajara a buscar a Leandro.

El que casi los mata a ellos... y el que casi mata al chofer... ¡Eran la misma persona!

Y si ese era el caso...

—¡Dé la vuelta! ¡Tengo que regresar! —ordenó Isabella, presa del pánico.

Le exigió al chofer que la dejara en la entrada del pueblo y subió corriendo la montaña.

Leandro jamás fue al pueblo a comprar un ventilador. Estaba seguro de que seguía en esa aldea, y probablemente estaba en peligro de muerte.

Ese hombre del impermeable... era un monstruo.

Para no ser vista, Isabella se escabulló por el bosque en la parte trasera de las ruinas y se escondió detrás de un árbol grueso para espiar la cabaña.

Esperó lo que pareció una eternidad. Nadie entraba y nadie salía. Justo cuando la desesperación empezaba a asfixiarla, apareció el hombre del impermeable negro. Llevaba el azadón apoyado en un hombro y una bolsa del mandado en la otra mano.

Entró a la casa, y al poco tiempo volvió a salir, alejándose de nuevo con el azadón.

Isabella dudaba si seguirlo o entrar a la casa, cuando vio a Helena salir por la puerta.

El terror la golpeó como un balde de agua helada: Helena tenía una pesada cadena de hierro sujeta al tobillo y el rostro lleno de moretones. Caminaba a paso lento y tortuoso hacia la cocina improvisada, arrastrando el metal.

—Es Sebastián Saldaña.

—¡¿Sebastián?! —Isabella casi se atraganta—. ¡Pero si a él lo arrestó la policía!

—No. Les mentí.

—¿Por qué carajos nos mentirías con algo así?

—Porque el ingeniero Muñoz, para protegerme, iba a recogerme a mi casa, me acompañaba a la oficina, no salía los fines de semana... prácticamente era mi guardaespaldas 24/7. Me sentía tan culpable de robarle su vida que le inventé que ya habían atrapado a Sebastián, para que pudiera estar en paz.

Isabella apretó los labios, procesando la información.

—O sea que la policía nunca lo atrapó. Ha estado escondido aquí todo este tiempo.

—Sí. Él sabía que si iba a Nublario lo atraparían al instante. Así que vino al pueblo. Sabía que, tarde o temprano, yo vendría a visitar la tumba de mis padres. Solo tenía que sentarse a esperar a que cayera en la trampa.

Justo cuando pronunció la última palabra, Sebastián regresó.

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