—¡Hey, hey, cálmate! ¡Habíamos acordado olvidar el pasado y empezar una nueva vida juntos aquí!
—¡Dime dónde está Leandro!
—¡Te estoy diciendo que ese infeliz ya se murió!
—¡Ah, ¿se murió?! —Helena asintió frenéticamente, con los ojos desorbitados—. ¡Entonces yo me voy con él!
Al ver que Helena levantaba el cuchillo dispuesta a tajarse la yugular, el pánico dominó a Sebastián por completo.
—¡No, no está muerto! ¡Lo tiré en el barranco del lado sur!
Sebastián señaló frenéticamente hacia la montaña vecina.
—¡El barranco es profundo, pero la pendiente tiene mucha vegetación, no debe haberse matado en la caída!
Apenas la última palabra salió de su boca, Isabella salió disparada de su escondite como una bala. Con una patada voladora impecable a la espalda, mandó a Sebastián de bruces contra el lodo. Antes de que el asesino pudiera siquiera entender qué lo había golpeado, Isabella le arrancó la hoz del cinturón y le pegó el filo helado en la garganta.
Sebastián, con la cara aplastada en la tierra, la miró aterrado.
—¡¿Tú no te habías largado?!
Isabella no desperdició saliva en él. Lo registró rápidamente, encontró la llave del candado en su bolsillo y se la lanzó a Helena.
Helena, temblando de adrenalina, se quitó la pesada cadena del tobillo, caminó hacia Sebastián y le aseguró el hierro directamente a la pierna.
—Mi amor, preciosa... ¿cómo te pones del lado de una extraña para atacarme a mí? ¿Te volviste loca? —Sebastián, acorralado, intentó usar su retorcida manipulación emocional.
Para Helena, él ya no era más que una cucaracha. Al escuchar sus palabras descaradas, la rabia le nubló la vista, levantó el cuchillo de carnicero y bajó el brazo dispuesta a rebanarle el cráneo. Isabella la detuvo justo a tiempo agarrándola de la muñeca.
—¡No te ensucies las manos con esta escoria! ¡La ley se va a encargar de podrirlo en la cárcel!
—¡Quiero matarlo! ¡Quiero vengar a mis padres!
—¡Si lo matas, te vas a pudrir en la cárcel tú también! ¿Crees que tus padres querrían verte tras las rejas por culpa de este pedazo de basura?
Las palabras de Isabella fueron como un balde de agua fría. La mano de Helena perdió fuerza y bajó el cuchillo.
—Además, tenemos cosas más importantes. Hay que ir a rescatar a Leandro.
El nombre de Leandro la trajo de vuelta a la realidad.
—Sé dónde está ese barranco. ¡Te llevo!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...