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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1193

—¿Y por eso vienes a buscarme?

Romeo asintió lentamente.

—Por eso vine a buscarte.

—¿Qué te hace pensar que voy a aceptar?

Ella no tenía la culpa en absoluto, y encima había sido golpeada. ¿Acaso alguien le iba a pedir perdón a ella?

Romeo la observó en silencio durante largo rato antes de exhalar pesadamente.

—Tómalo como la forma de saldar la deuda que tienes conmigo.

Martina se quedó paralizada. Su deuda...

Era cierto. Ella le debía muchísimo.

En aquel entonces, cuando terminó en la zona roja ganándose la vida de la peor forma posible, él fue quien la sacó de ese infierno y la mantuvo durante cuatro años. Esa deuda de gratitud aún no la había pagado.

Solo que jamás imaginó que él vendría a cobrarle de esta manera.

—Si voy a disculparme con ella, ¿estaríamos a mano? —preguntó Martina, necesitando dejarlo claro.

Los ojos de Romeo destellaron.

—A mano.

Martina asintió.

—De acuerdo. ¡Iré a pedirle perdón!

Le pidió a Romeo que regresara primero a Nublario. Ella tenía que avisarles a Víctor y a Floriana antes de viajar al día siguiente.

—Dame la dirección y el número de tu futura esposa, iré directamente a buscarla mañana.

—Yo te llevaré.

—¿Tienes miedo de que nos volvamos a pelear?

Romeo frunció el ceño. Esa no era su intención.

—Claro, obvio que la defenderías a ella, pero ¿no crees que eso sería demasiado injusto para mí?

Romeo respiró hondo.

—Bien, ve tú sola.

Tras obtener el número y la dirección de Sabrina Silva, Martina dio media vuelta sin siquiera dirigirle una última mirada y regresó a la casa.

Esa noche, arrastró a Víctor y a Floriana para beber. Tomó tan rápido que no tardó en emborracharse.

—Díganme, ¿no es mi vida un completo fracaso? Siempre... siempre elijo mal, y el precio de cada error es tan alto que no puedo pagarlo.

Al ver que estaba realmente ebria, Víctor intentó quitarle la botella, pero ella se aferró a ella.

—Porque... hip...

Martina soltó un hipo provocado por el alcohol y, sintiendo náuseas, salió corriendo hacia el exterior.

Preocupados, ambos salieron tras ella.

La encontraron apoyada en la barandilla del quiosco, vomitando. Después se recostó en la banca, con la mirada perdida en las estrellas, y su respiración se fue calmando.

—Mañana me vuelvo a Nublario.

Víctor frunció el ceño.

—¿Por qué? Estás bien aquí. ¿Pasó algo?

—Sí, un asunto menor.

—Te acompaño.

—No es necesario. En cuanto resuelva esto, me iré del país. —Giró la cabeza para mirarlo—. En realidad, vine a despedirme de ustedes.

—¿A qué vas a Canadá? ¡Este es tu hogar!

—Si me quedo aquí... solo me traerá tristeza.

Víctor sintió que no entendía sus palabras; había algo extraño en todo eso, pero no lograba descifrar qué era.

Martina no permitió que él la acompañara y tomó el autobús de regreso a Nublario a primera hora de la mañana.

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