Qué error cometiste.
Esas palabras hicieron que los ojos de Martina se llenaran de lágrimas. Se había arrepentido un millón de veces, se había insultado a sí misma un millón más, pero ya de nada servía. Había tomado el camino equivocado y ya no había marcha atrás.
—Si no te hubieras ido del país en aquel entonces, ustedes dos ya estarían felizmente casados. No tendríamos que estar lidiando con esta situación...
Antes de que pudiera terminar, Sabrina salió del probador. Seguramente había escuchado parte de la conversación, pues su rostro reflejaba furia contenida.
Temiendo que hiciera una escena, Martina se levantó de inmediato y retrocedió varios pasos.
La señora Quintero recompuso su expresión y le dirigió a Sabrina una sonrisa impecable.
—Sabrina, querida, tienes un gusto exquisito. Ese vestido te luce maravillosamente.
—¿Y qué tiene de maravilloso? —preguntó Sabrina, alzando una ceja con desafío.
La señora Quintero frunció el ceño apenas un instante, pero logró mantener la sonrisa.
—El escote asimétrico es muy elegante y hace juego perfecto con los aretes que traes puestos. El tono resalta el color de tu piel, dándole una apariencia aún más luminosa. El corte afina tu cintura sin ser demasiado ajustado, y la transparencia en la espalda resalta tu figura de una forma envidiable.
Sabrina torció los labios, caminó frente al espejo de cuerpo entero, dio una vuelta y luego hizo un gesto de desagrado.
—Pues a mí no me gusta.
La señora Quintero se quedó paralizada un segundo.
—Bueno, si no te convence, no lo lleves.
—Dáselo a ella —ordenó Sabrina, mirando a Martina—. ¿Lo quieres?
Martina apretó los labios. Si lo rechazaba, sería como darle una bofetada a la señora Quintero, quien acababa de llenarlo de elogios. Pero si lo aceptaba, se expondría a los insultos de Sabrina.
—Se lo agradezco, señorita Silva. Me gusta mucho —respondió finalmente.
Sabrina soltó una carcajada burlona.
—Entonces te lo regalo. Póntelo para la fiesta de nuestra boda; ya que seguramente no tienes nada decente en tu armario, al menos así no nos harás pasar vergüenza.
Dicho esto, regresó al probador.
La señora Quintero dejó escapar un suspiro de pesadez, pero se obligó a guardar silencio.
Cuando Sabrina salió con su ropa habitual, la señora Quintero sugirió:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...