—Señorita Palacios, usted está al tanto de su condición, ¿verdad? —preguntó el médico con tacto.
Martina sabía perfectamente a qué se refería y asintió levemente.
—Lo sé.
—Muy bien.
El médico no añadió nada más y salió de la habitación.
La señora Quintero miró a Martina. Sus ojos reflejaban una mezcla de culpa y profunda compasión. Por un momento, no supo qué decir.
—Los hombres que me atacaron anoche fueron enviados por Eugenio, ¿no es así? —preguntó Martina rompiendo el silencio.
El ataque había sido una clara represalia, y el único con motivos recientes para querer destruirla era él.
—No supe nada de esto hasta que ya había pasado —respondió la señora Quintero, bajando la mirada—. Me lo confesó después de que sus hombres terminaron el trabajo, para que yo viniera a encargarme de limpiar su desastre.
Justo como lo imaginaba.
Martina soltó un suspiro cansado.
—Entonces supongo que con esto, estamos a mano. ¿Verdad?
—Hablaré seriamente con él cuando vuelva a casa. Te aseguro que no volverá a molestarte.
—De acuerdo.
Al planear esa trampa, sabía que tendría que pagar un precio. Estaba dispuesta a aceptar las consecuencias.
—Sé que hiciste todo esto por Romeo —susurró la señora Quintero.
—Era una deuda que tenía con él. Digamos que ya está saldada.
—Pero tu enfermedad...
Martina negó con la cabeza de inmediato, con urgencia en los ojos.
—¡Por favor, no se lo diga!
Le habían diagnosticado cáncer de colon en fase terminal. No había tenido ningún síntoma previo, y para cuando su cuerpo le dio señales y fue al médico, ya era demasiado tarde. La cirugía no era una opción.
Pero en el fondo, sentía que tenía sentido. Su vida desastrosa y rota estaba destinada a terminar de una manera desastrosa y rota.
No había derramado muchas lágrimas por su diagnóstico. Cuando el médico le dio la noticia, simplemente la aceptó.
Moriría cuando tuviera que morir, no le importaba.
Pero antes de irse de este mundo, quería despedirse de su mejor amiga, saldar su deuda con Romeo, y luego buscar un rincón tranquilo y desconocido donde desaparecer en silencio.
Los ojos de la señora Quintero se llenaron de lágrimas. Giró el rostro para secárselas a escondidas.
Martina esbozó una sonrisa débil.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...