—Puedo hacerlo sola —dijo Martina, pero Romeo siguió tecleando en su computadora sin prestarle atención.
Al verlo así, no pudo evitar sentirse ansiosa.
—En serio, ya estoy bien. Puedes... puedes irte.
Ya habían terminado, se habían separado por completo y ella estaba muy satisfecha con ese resultado. ¿Qué pretendía él ahora?
¿Hacerse el enamorado que no la podía olvidar?
¡No, ella no quería eso!
—Romeo, sé que no quieres ni verme, y... a mí me pasa igual...
—¿A ti te pasa igual? —Romeo levantó la vista de golpe, con una mirada gélida.
Martina apretó los labios y luego asintió.
—Ya terminamos. No quedan sentimientos entre nosotros, así que no hay necesidad de vernos y hacer que todo sea tan incómodo.
—Yo no me siento incómodo.
—...
Martina dejó escapar un suspiro. Era imposible que él no entendiera lo que ella quería decir.
—Tú...
—La comida se va a enfriar, come rápido —dijo él, y volvió a concentrarse en su trabajo.
Martina pensó que tal vez, si terminaba de comer, él se iría. Así que se apresuró a meterse bocado tras bocado, a pesar de no tener nada de apetito. Al final, comió tanto que casi sintió ganas de devolverlo todo.
Romeo le sirvió un vaso con agua, luego recogió los platos y los cubiertos y salió a lavarlos.
Cuando regresó, volvió a sentarse en el mismo lugar.
A estas alturas, Martina no solo sentía impotencia, sino también miedo.
Miedo de que él aún sintiera algo por ella, miedo de que descubriera su enfermedad...
—¿Con quién te metiste? —preguntó Romeo sin apartar la vista de su laptop, como si fuera una pregunta casual.
Martina se quedó pasmada un segundo antes de darse cuenta de que le estaba preguntando quién la había golpeado.
—Eh... hace un par de días me pasé de tragos, me metí en una pelea y, bueno, se quisieron vengar.
Romeo levantó la mirada y la observó fríamente.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...