Huyó despavorida de allí y no se detuvo hasta llegar a un pequeño parque cercano, donde por fin se dejó caer y rompió a llorar desconsoladamente.
Sentía un odio inmenso. Se odiaba a sí misma, odiaba a Romeo y odiaba al destino. ¿Por qué la vida tenía que ponerle enfrente ese amor que tanto había anhelado, justo cuando estaba a un paso de la muerte?
¿Acaso el universo era tan generoso porque sabía que ella no podía aceptarlo?
Era una crueldad. Todo en este mundo era demasiado cruel.
No supo cuánto tiempo estuvo llorando hasta quedarse afónica, pero de pronto, alguien le ofreció un paquete de pañuelos.
Solo entonces se dio cuenta de que no estaba sola. Rápidamente sacó dos pañuelos para secarse las lágrimas, levantó la mirada y vio que era Zacarías. Suspiró profundamente y soltó un gracias a medias.
—N-no hay de qué... los agarré del restaurante.
Esa respuesta tan simple le arrancó a Martina una pequeña sonrisa.
Ese hombre era demasiado inocente.
—Qué bueno que sonríes. No seas tan dura contigo misma —le dijo él.
—Y... y él...
—Cuando regresé por los pañuelos, vi al señor Romeo subir a su auto y marcharse.
Martina asintió. Por un segundo, temió que a Romeo le pasara algo. Pero sabía que él no era tan débil; seguramente ya había comenzado a odiarla, y a veces, el odio también da fuerzas para seguir adelante.
Zacarías la acompañó hasta su casa.
Tras dudarlo un poco, Martina le preguntó si no tendría inconveniente en quedarse a pasar la noche ahí.
—Solo quiero que te quedes a dormir, nada más. Y te pagaré extra... tómalo como horas extras, si quieres.
Zacarías asintió.
—Claro, no hay problema.
—¿Y tu hija? ¿Alguien se quedó con ella?
—Sí, no se preocupe.
Sabiendo eso, Martina respiró aliviada y le pidió que subiera. Le preparó el sofá de la sala para que durmiera y luego se retiró a su habitación. Por puro instinto, se asomó por la rendija de la cortina, y, para su desgracia, allí estaba el auto de Romeo.
Zacarías titubeó un buen rato antes de dar un paso al frente y, con una torpeza evidente, rodearla con sus brazos.
Martina tomó aire y le devolvió el abrazo, rodeando su cintura.
Aunque el abrazo era más tieso que una tabla, no importaba; las sombras proyectadas en la ventana ocultarían cualquier rastro de incomodidad.
Y tal como lo había planeado, Romeo lo vio todo desde abajo. Su mirada, que al principio reflejaba incredulidad, se fue apagando lentamente hasta quedarse sin brillo.
Martina le había dicho que ya no lo amaba, que le daba asco y que hace mucho no quería estar con él.
Resultaba que era verdad.
Romeo encendió un cigarrillo y se quedó mirando esas dos sombras proyectadas en la ventana.
Y pensándolo bien... ¿con qué cara podía reclamar algo?
Si habían llegado a este punto, todo era culpa suya.
Cuando estaban juntos, siempre la trató con frialdad. Cuando ella le pidió terminar, aceptó sin siquiera preguntar el motivo. Esperó todo un año para buscarla en Canadá y, cuando por fin la encontró, la dejó abandonada a su suerte durante cuatro años. Y para rematar, cegado por el resentimiento y las ganas de vengarse, la obligó a dar la cara usando su compromiso con Sabrina, lastimándola profundamente una vez más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...