Zacarías se agarraba la cabeza con desesperación, pero no fue capaz de reprocharle nada a Martina.
—¿Crees que ya se haya ido a casa? —sugirió ella, intentando buscar una explicación.
Zacarías negó con la cabeza.
—Acabo de llamar a mi vecino, y me dijo que no ha vuelto.
—¿Es posible que siga en camino?
Zacarías asintió.
—Podría ser. Conduciré hasta allá ahora mismo. Si llego a casa y ella aún no está, significa que definitivamente no regresó.
—Voy contigo —se apresuró a decir Martina.
Pasara lo que pasara, Yara se había perdido estando con ella y sentía que era su responsabilidad.
Zacarías no se opuso y dejó que subiera al auto.
—Lo siento. Ya que la saqué conmigo, debí cuidarla mejor.
—En realidad, la culpa es mía. Yo... me sentía mal por aceptar esos treinta mil suyos, señorita Palacios, así que pensé en ayudarla en lo que pudiera para sentirme más en paz. Pero tenía que trabajar, así que mandé a Yara al hospital. Normalmente es muy independiente: se cocina, va a la escuela sola, y si quiere ir a jugar, toma el autobús por su cuenta. Yo... a veces hasta se me olvida que solo tiene ocho años.
Martina asintió. Resultaba que Yara tenía ocho años, pero al ser tan delgada y bajita, había pensado que apenas tenía seis o siete.
—Vi que Yara tiene marcas de quemaduras en los brazos.
—Fue su mamá.
Zacarías dejó escapar un pesado suspiro.
—Cuando nos divorciamos, se empeñó en pelear por la custodia de Yara, pero una vez que se la quedó, no quiso cuidarla bien, y si se enojaba, le pegaba a la niña. Me enteré de todo eso porque Yara me llamó un día llorando, así que fui de inmediato a buscarla y me la traje a vivir conmigo...
Al decir esto, a Zacarías se le ocurrió algo de repente.
—¿Será posible que se haya ido a mi pueblo?
—¿A tu pueblo? ¿A tu ciudad natal?
Zacarías asintió.
Además, le quedaban pocos días de vida; no le importaba adónde ir.
Zacarías asintió.
—Así también podré cuidarla mejor, señorita Palacios. Y si...
—Y si me muero en el camino, también se te hará más fácil organizar mi funeral, ¿verdad?
Zacarías se rascó la nuca.
—Lo que yo quiero es que la señorita Palacios pueda... pueda vivir muchos días más.
—Ya, es suficiente.
Si no sabía cómo consolar a las personas, era mejor que no lo intentara; si seguía, realmente iba a deprimirla.
El pueblo de Zacarías estaba en una zona montañosa. Condujeron toda la noche; primero por la autopista, y de madrugada tomaron caminos de tierra que estaban llenos de baches.
Después de avanzar un tramo, Zacarías detuvo el auto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...