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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1224

Zacarías empezó a golpearse la cabeza contra el suelo con tanta fuerza que Martina no podía levantarlo por más que lo intentara. En ese instante, su teléfono sonó.

Al ver que era un número desconocido, Zacarías miró inmediatamente a Martina.

Ella entendió lo que significaba; lo más probable es que la llamada fuera de los secuestradores.

Al contestar, hubo silencio del otro lado durante unos segundos, y de repente...

—¡Papá, ayúdame! ¡Me quieren cortar los dedos! ¡Tengo mucho miedo! ¡Tía Martina, sálveme! ¡Ahhhh!

El grito desgarrador de Yara a través del teléfono hizo que Martina se estremeciera de pies a cabeza.

Zacarías, aterrorizado, dejó caer el celular. Cuando por fin lo recogió, la llamada ya se había cortado.

—¿Qué hago? ¿Qué hago? ¡Mi niña!

Aquel hombre adulto se tiró al suelo a llorar a gritos, completamente destrozado.

Llevándose una mano al pecho, Martina sintió por primera vez que el secuestro de Yara era una realidad innegable.

—Tú... cálmate, deja de llorar.

Martina exhaló un largo suspiro.

—Puedo prestarte los tres millones por ahora.

Al escuchar sus palabras, Zacarías se enderezó de inmediato.

—Señorita Palacios, le juro que nunca olvidaré este gran favor, se lo pagaré con mi vida si es necesario.

Martina levantó la mano para detenerlo.

—Ese dinero no es mío, así que en el futuro tendrás que devolvérselo a Romeo.

—Sí, se lo juro.

Martina transfirió un millón a cada una de las tres tarjetas.

En cuanto recibieron el dinero, los secuestradores llamaron a Zacarías.

—Qué bueno que eres inteligente. Espera ahí, tu hija regresará pronto.

Y en efecto, media hora después, Yara apareció.

Le habían pegado; tenía el rostro lleno de moretones, pero por suerte sus dedos estaban intactos. Aquello solo había sido una amenaza para asustarlos.

Zacarías corrió a abrazar a su hija.

—¡Casi me matas del susto! ¡No vuelvas a salir corriendo nunca más!

—¿Por qué no me dejas llamar a la policía? ¡Y no me digas que es por miedo a que se venguen, esa no es una excusa válida! Acaso tú...

—¡Señorita Palacios, no me culpe! ¡Yo tampoco tuve otra opción!

Dicho esto, Zacarías cerró la puerta de un portazo.

Martina corrió a intentar abrir, pero él ya había echado el candado por fuera.

No le quedó de otra que golpear la puerta con todas sus fuerzas.

—Zacarías, ¿qué significa esto? ¡Déjame salir! ¡Te juro que no llamaré a la policía ni te pediré esos tres millones, pero déjame ir!

—¡De todos modos te vas a morir pronto, da igual dónde mueras! ¡Si mueres en mi casa, hasta te hago el favor de organizar tu funeral!

—¡Zacarías!

El rostro de Martina se llenó de pánico. El hombre que ella creía que era un simple y honesto trabajador, no era para nada lo que aparentaba.

Aquel secuestro parecía haber sido una trampa perfectamente planeada desde el principio.

¿Desde cuándo? Seguramente desde el momento en que Romeo le entregó la tarjeta bancaria, y Zacarías se enteró de que había diez millones en ella. Desde ese instante, él la había puesto en la mira.

¡Todo su aire de hombre ingenuo y bonachón había sido una farsa!

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