—Yo te llevaré a ver a tu mamá, ¿qué te parece?
—Él me va a matar a golpes.
—¿Y crees que si te quedas aquí no te matará a golpes? Ese golpe de la tarde se notaba que fue con la intención de matarte, ¿no? Y lo de tu mamá... dice que sacará dinero para pagarle el tratamiento. ¿De verdad le crees?
—Entonces, ¿qué hago? ¿Qué va a pasar con mi mamá?
—Si confías en mí, yo puedo ayudarles a pagar todos los gastos médicos.
—Pero después de lo que le he hecho, ¿todavía me ayudaría?
—Sé que Zacarías te obligó a hacerlo. Eres una buena chica, en el fondo no querías cometer una maldad así.
—Pero la puerta y las ventanas están soldadas. No puedo sacarla de ahí.
Martina miró los barrotes de hierro soldados por fuera de la ventana; ni hablar de una jovencita como Yara, ni siquiera un hombre corpulento sería capaz de forzarlos.
—Dime, Yara, ¿puedes conseguir un teléfono celular?
—Aquí en la casa no hay.
—¿Y afuera? Cuando salgas a comprar comida, ¿podrías pedirle prestado uno al dueño de la tienda o a alguien en la calle?
Yara jugaba nerviosamente con sus manos, todavía indecisa. Era evidente que Zacarías le había dejado un trauma psicológico enorme.
—¿Y qué pasa si ese animal decide que tampoco a ti te dejará viva? ¿Crees que podrías volver a ver a tu mamá?
Esta frase logró que Yara se armara de valor.
—En la tarde saldré a comprar fideos —dijo.
Martina le hizo memorizar un número de teléfono, pidiéndole encarecidamente que buscara la forma de llamar a esa persona para avisarle que estaba en peligro.
Por la tarde, al ver salir a Yara, sintió cómo el corazón se le aceleraba por la ansiedad.
Ese pequeño pueblo en las montañas estaba tan aislado que, encerrada ahí, sería muy difícil que alguien la descubriera. Incluso si moría y la sacaban para enterrarla en el monte, lo más probable es que nadie se daría cuenta.
Solo esperaba que Yara lograra conseguir un teléfono; así aún tendría la esperanza de ser rescatada.
Martina bajó la mirada. Si transfería el dinero en ese momento, la matarían al instante. E incluso si Romeo Quintero se daba cuenta de que algo andaba mal, ya no llegaría a tiempo para salvarla.
Lo pensó por un momento, tomó la tarjeta y miró a Zacarías.
—¿Esta tarjeta es tuya?
Zacarías aún no había bajado la adrenalina asesina hasta que escuchó la pregunta de Martina. Miró la tarjeta y frunció el ceño de inmediato; se la arrebató y se la lanzó de vuelta al hombre.
—¡Si el dinero cae en tu cuenta, significa que hice todo este trabajo de gratis!
El hombre moreno pasó un brazo sobre los hombros de Zacarías.
—¿Qué estás pensando? Nosotros somos como hermanos. Cuando tengamos el dinero, lo vamos a dividir en partes iguales, por supuesto.
—Zacarías, yo puedo transferirte todo el dinero restante a ti. No tienes ninguna necesidad de dividirlo con ellos —intervino Martina.
—¿Qué carajos estás diciendo, zorra? Quieres poner a pelear a mis hermanos conmigo, ¿verdad? Tú...
El hombre levantó la mano para golpear a Martina, pero Zacarías lo detuvo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...