—¡Ja, pues no pienso hacer esa llamada!
—¡Sabrina!
—Romeo, ¿no crees que esto es el colmo del descaro?
Romeo estaba ansioso. Cada vez que el tema involucraba a Martina, él perdía por completo el control. Ante la actitud desafiante de Sabrina, su furia estaba a punto de estallar de nuevo.
Isabella jaló a Romeo del brazo y se adelantó hacia la puerta.
—Señorita Silva, en realidad fui yo quien quiso venir a buscarla, pero como no nos conocemos mucho, le pedí ayuda al señor Quintero.
Sabrina miró a Isabella de reojo y luego observó a Jairo que estaba a su lado.
Esa pareja pertenecía a lo más alto de su círculo social. En cualquier evento o fiesta, ellos siempre eran el centro de atención. Y aunque Sabrina no era precisamente una persona de clase baja, su estatus no era lo suficientemente alto como para codearse con ellos.
Estando frente a esas dos figuras, no le quedaba más remedio que mostrar un mínimo de cortesía.
—¿Ustedes también vienen a preguntar por Martina?
—Así es. Llevamos varios días sin poder localizarla y tememos que le haya pasado algo.
Los ojos de Sabrina vacilaron.
—No es que no hayan podido localizarla, sino que...
Se detuvo en seco y le dirigió una rápida mirada a Romeo.
—En fin, ella no debe estar en peligro.
—Señorita Silva, usted sabe algo, ¿verdad?
—Le prometí que guardaría el secreto.
—¿Qué secreto? —preguntó Romeo con desesperación.
Sabrina negó con la cabeza.
—No puedo decírselo.
Romeo la agarró por los hombros y la hizo girar hacia él bruscamente.
—Sabrina, te lo suplico, dímelo. ¿Por favor?
Al ver la sincera preocupación en el rostro de Romeo, era imposible que Sabrina no sintiera una punzada de dolor. Apartó las manos del hombre, dio un par de pasos hacia atrás y se señaló a sí misma, y luego a Tristán.
—¿Ves cómo estamos nosotros dos? ¿Ni siquiera vas a cuestionar si te estaba engañando a tus espaldas?
—¡Me importa un carajo!
—Sería imposible que Martina se fijara en otra persona.
—Eres bastante engreído. Y si estabas tan seguro de eso, ¿por qué aceptaste seguir adelante con nuestra boda?
—Lo que hubo entre nosotros no es algo que nadie más pueda entender.
—Entonces yo soy esa nadie más.
Sabrina soltó una risa amarga; en ese preciso momento lo vio todo con claridad. Romeo jamás la amaría. Incluso si se casaran y compartieran el mismo techo durante décadas, el amor jamás surgiría entre ellos.
Ese hombre siempre le había pertenecido a Martina, desde el principio hasta el fin.
Sabrina asintió lentamente. Luego, sacó su celular y llamó a Zacarías.
—Soy yo.
—¿Has visto a Martina?
—¿Estás seguro?
Al colgar, Sabrina se encogió de hombros.
—Mi chófer ha estado todo este tiempo en su pueblo, dice que no la ha visto.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...