Los analgésicos de Martina se habían acabado. Sufría tantos dolores que su cuerpo estaba totalmente encogido, deseando morir en ese preciso instante para que todo terminara.
—Señora, le pido perdón. Lo siento muchísimo. Nunca debí hacerle caso y lastimarla de esta manera.
Al ver su estado tan deplorable, Yara rompió a llorar, abrumada por la culpa.
Martina estaba tan exhausta por el dolor que apenas tenía fuerzas para alzar la mano y darle unas débiles palmaditas a la chica.
—No tienes que asustarte tanto. Zacarías será un animal, pero no se atrevería a matarte. Mientras sigas viva, tarde o temprano podrás reencontrarte con tu mamá.
Yara negó con la cabeza, despavorida.
—Yo los escuché decir que tenían que matar a todos los que supieran de este asunto, incluyéndome a mí. Solo así podrían mantener el secreto.
Martina frunció el ceño con profunda indignación. ¡¿Ese monstruo de Zacarías estaba dispuesto a sacrificar a su propia hija?!
En ese mismo instante, la puerta se abrió de un golpe brutal.
Zacarías y el hombre moreno entraron a zancadas. Sin previo aviso, el hombre se abalanzó sobre Martina y le propinó una tremenda patada.
—¡Tú te crees muy lista, ¿no?! ¡Inventaste todo ese rollo de la cuenta bancaria para poner a mis hermanos en mi contra! ¡Y por poco lo logras, maldita zorra!
El golpe había sido extremadamente violento. El cuerpo de Martina, ya destrozado por la enfermedad, no pudo soportarlo y estuvo a punto de desmayarse por el dolor.
—¡No le peguen más a la señora! ¡Ella es una buena mujer!
A pesar del pánico que la paralizaba, Yara interpuso su tembloroso cuerpo para proteger a Martina.
Pero Zacarías la apartó de un brusco manotazo.
—¡Todavía no he ajustado cuentas contigo, así que será mejor que te largues a un rincón!
—¡Papá, por favor, ella se está muriendo del dolor! ¡Llévala a un hospital!
Zacarías le soltó una bofetada que le volteó la cara.
—¡Tú te callas la boca!
—¡No te atrevas a tocarla!
Martina, haciendo de tripas corazón, se incorporó a duras penas y fulminó a Zacarías con la mirada.
—¡Golpear a mujeres y a niñas! ¡Qué clase de cobarde eres!
—¡¿Tú también quieres que te reviente a golpes?!
Zacarías alzó el puño para golpear a Martina, pero el hombre moreno lo detuvo en seco.
—¡Si la matas, cómo carajos le vamos a sacar el dinero!
Zacarías bufó con furia.
—¡Escúchame bien, Martina! ¡Te advierto que dejes de hacerte la chistosa y transfiérenos el dinero ahora mismo!

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...